
Novela del belga Georges Joseph Christian Simenon (1903-1989). Pieza magníficamente narrada. Reconozco que no conocía aún a este escritor. Culpa mía, claro es. Pero ahora que recién terminé de leer esta novelita suya me alegro de que la misma haya caído en mis manos. Prosa delicada, mezcla entre diálogos y reflexiones interiores y silenciosas. Rico vocabulario. Ritmo adecuado a cada situación. Personajes que se van descubriendo poco a poco igual que se nos abre ante la mirada una corola en la mañana fresca por el rocío.
La historia es, sin embargo, recurrente. Pero lo que nos atrapa, como casi siempre, no es el contenido en sí, sino la forma. El destino que juega, caprichoso y arbitrario, con nosotros. El eterno retorno, tan sabido. Una línea tersa y horizontal sobre la que los sucesos van ocurriendo con la mansedumbre de un cordero en el campo. Él llega a escena de improviso, de la cárcel, de donde sale para nacer de nuevo. La conoce. Conviven. Cada uno en su sitio. Él como sirviente. Ella, mujer madura, de vuelta de todo, se deja enlazar por el tenso envaramiento del hombre. Los días pasan raudos inmersos en el trajín de una vida campestre. Hasta que la familia de ella llega y lo revuelve todo. Es entonces cuando él conoce a Félicie. La cuñada de la viuda. Y ahí empieza lo mejor. Desconfianzas, recelos, sospechas…
El final es el comienzo: un renacer. A través, claro, de un rompimiento total con lo anterior.
No digo más. Hay que leerla. Pero es buena, realmente buena.
Vale.
