Hablar de arte es propio de los críticos de arte, como es lógico, esa fauna entendida y extendida que observa y habla y escribe y publica y vuelve locos a los que viajan a pie por la vida. Yo no soy crítico de esos. Ni nada parecido. Tampoco lo pretendí jamás. Pero tengo ojos y suspiro cuando una obra artística se comunica conmigo. Con esto me basta. Arte es, para mí, eso que perdura en la mente cuando te vas a la cama y aún estás despierto, lo que no deja que cierres los ojos; arte es querer atravesar el arco para entrar en la zona habitada por seres de otro mundo. Una forma extraña de canalizar los temores diarios. Un desprendimiento de la vida para crear tu propia vida. Más allá de las técnicas, el Arte vive, palpita, espera a que una mano diestra o una mano angustiada y perdida busque la herramienta precisa y, en soledad, se ponga a escribir o a lanzar pinceladas desesperadamente. Arte es no esperar nada de nadie. Agarrar el vacío, hacerlo tuyo, parte de ti. Beberte, si puedes, la hiel que a los demás les sobra. El Arte apacigua al animal que todos llevamos dentro. El artista, por ende, será siempre artista, aunque se esconda detrás de un lienzo o detrás de unas páginas escritas. Es imposible escapar. Es el sino de uno al nacer. Los demás podrán mirar, oír, oler, hablar, tocar, pero nunca sabrán nacer algo de donde, en apariencia, no hay nada. Nada salvo que poseas esos ojos siniestros y claros del verdadero artista, del que es, del que sufre.
Hace pocos días abrieron al público una Exposición de Arte en Sevilla. Casa destinada a otros fines que durante tres días sirvió para ubicar las obras pictóricas de artistas aún vivos, de los llamados, cursimente, emergentes. Arte emergente. Pintura emergente. Fracasados emergentes. Ahora todo es emergente. La cosa la llamaron Blurfair. Chusco el nombre.
Olía a viejo. A casa usada durante décadas. También a cerebros recién estrenados memorizando estupideces académicas. Y también se oían los ronquidos de los estudiantes que en ese lugar suelen alojarse. Sin embargo, en esta tarde entramos cruzando un amplio zaguán con azulejos sevillanos y un patio sin huerto y sin limonero. Retorcimos la cintura y subimos dos tramos de escalera hasta llegar al primer piso. Al fondo a la izquierda (no hablo del baño) una habitación pequeña nos recibió con los brazos abiertos y fundí mi mano de gas con la mano de gas del artista en cuestión. Luis Camacho absorbido por el aura de los cuadros colgados. Paredes compuestas, engalanadas, sobrias, espeluznantes. Mis ojos volvosos no sabían dónde colocarse. Pero luego de un vibrante encuentro, la paz me dejó, por fin, observar con detenimiento. Después tuve que salir de allí. Necesitaba conocer las obras de los demás. Por lo que anduve indeciso y curioso por todas las habitacioncitas del edificio. También llegué a la planta de arriba, y por último, hasta la misma azotea, dejada allí al aire, sola, casi abandonada y olvidada. Cuando regresé los mismos cuadros de antes permanecían pendientes en los mismos lugares, a las mismas alturas. Uno de ellos es el de arriba, “El paciente rehabilitado”. ¡Demonio de lienzo!, me dije. Uno de los personajes te invita con la mirada. El otro asume. El primero muestra su obra, con la mano sobre el hombro. El otro sigue asumiendo. Voluntad y decisión, por un lado; resignación y misterio del alma, por otro. Gris sobre gris. Sin marco. Tal vez porque le sea innecesario, ya que la obra habla por sí misma. Pintura con cuerpo, con pujanza, con estilo, con fuerza. Dice cosas en silencio. Te aprieta el espíritu, lo encoje. Gris sobre gris mirando al hombre gris que, de pie, observa sin respirar. Las otras obras no consiguieron hacerme temblar. Poca cosa para este endebilísmo entendido en la materia. Solamente vibré en este cuarto de engendros sobre planos verticales. Y no puedo olvidarme de “Convenciendo a la masa”. Como el cuadro de arriba, este último es aterrador. Por lo actual. Por lo visionario, también. No imagino otra forma más directa y cruel de hablar de la alienación que pintando este cuadro. El artista aparece ninguneado, en medio de la habitación, por todas las obras salidas de su mano y que en ese momento le acorralaban. Cuando una obra es realmente buena se eleva sobre el artista. Cobra más relevancia, si cabe, que la propia mente que le dio la vida. Es una realidad engendrando otra realidad. Y la segunda se separa de la primera. La obra artística es, así, desprendida y desagradecida. Pero el artista debe saber y debe entender esta postura. Por mucho que le duela. Ya no es suyo lo que creó. Ya no. Sólo las obras mediocres seguirán perteneciendo al artista, miedosas, incapaces de volar por sí mismas.
Luís Camacho Campoy está solo. Sus cuadros desaparecerán de su vista, se alejarán de él. No importa el cuándo. Ese detalle del tiempo lo dejaremos para los verdaderos seres medianos que tanto pululan por el mundo.
Vale.
