El Acento

Antonio Florido

Hombre de negocios – Cuento de Guille Paier (Argentina)

El hombre de negocios termina de rasurarse. Es la primera vez que usa esa máquina descartable y no le agrada cómo se siente el filo de la doble hoja en su piel.
Simplemente se deshace de ella.
Se mira al espejo. Al menos no luce tan mal como se siente. Muy mal. Desde hace mucho tiempo.
Desde que todo cambió en su vida.
Pero hoy es distinto. Y en honor a ello, se calza las mejores prendas que dispone.
Junta los papeles prolijamente ordenados sobre su cama y los acomoda en su maletín, y antes de salir a la calle cuenta una vez más el dinero de manera enfermiza.
Ya tiene suficiente. No, nunca es suficiente. Un día más, es todo lo que necesita.
Ya en la calle, toma el último sorbo de café al paso y apura uno de esos bocadillos de nombres tan absurdos como sus ingredientes. De salida, esquiva al vigilador del local del payaso siniestro, que como cada día lo saluda con una mezcla de resignación y condescendencia.
Es hora de hacer la llamada de cada día. Busca en sus bolsillos, llenos de billetes de origen variopinto, una moneda para el teléfono público. Marca siempre el mismo número y cuando atienden, como cada día, se queda en silencio y cuelga. Una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Tal vez haya sido la última vez que deba hacerlo.
Mañana estará ahí con ellos.
Durante un buen rato recorre la peatonal con su habitual parsimonia. Aunque no le gusta el contacto con la gente, su presente y especialmente su futuro dependen en buena parte de sus reacciones. Como buen hombre de negocios necesita estudiar sus conductas y aprender a dar nuevas respuestas a los nuevos desafíos que le impone un mercado siempre cambiante. Lo que él vende es un producto que muy pocos se animan a ofrecer. Y tiene una estrategia absurda pero infalible: les habla en inglés. Eso los desconcierta y los hace flaquear.
Sin dudas es el mejor de todos. Porque más allá de que es un frío hombre de negocios, tiene el don de llegarles al alma. En un inglés temerario, pero al alma.
Y hoy es un día especial, el último.
Cuando ha conseguido de ellos lo que pretendía, se arrima a un arbolito conocido y efectúa su transacción diaria, un cambio de divisas, sin regatear mucho la cotización. Tampoco va a comenzar una porfía sin sentido por tan poca cosa.
Luego, como cada mediodía se acerca a una cafetería gourmet que disfraza el elemental acto de tomar un café, con todo el retraimiento o la confidencia que ello implica, en un evento social a escala planetaria. Pero concurre a esa sucursal por dos buenas razones. La primera es que, a pesar de lo rebuscado, ama el sabor de ese café con un dejo de canela o moca, mezclado con el aroma a perfume francés de las mujeres y las banalidades acentuadas con absurdos anglicismos que van y vienen en sus charlas. Y la segunda, el local tiene su salón en el primer piso y desde ahí se pueden ver los primeros pisos de todo lo que lo rodea. Especialmente de uno y de una. Frente al local hay un edifico de oficinas y en un box que da a la peatonal, trabaja una mujer que a este hombre de negocios le atrae y mucho.
Una bella morocha de grandes ojos pardos y una cadera borrascosa a la cual, como cada día, se queda viendo mientras apura ese último sorbo de café helado o helado de café, qué más da. Ella es el norte en medio del vértigo y la locura que es su actividad. Y se queda allí mientras espera que la joven salga a almorzar, siempre a la misma hora, siempre a la misma plaza seca donde después se queda tomando sol o simplemente viendo la gente pasar. Y sabe todo esto porque cada día la sigue y se la queda viendo a buena distancia. Es extremadamente cuidadoso. No quiere asustarla, no quiere parecer un tipo obsesivo, apenas quiere atesorar esos instantes robados.
Compartir su serena intimidad sin contaminarla.
Pero este día, este preciso día, la joven sale de la oficina y en vez de ir a la plaza seca, se dirige hasta un parque cercano. Y en vez de ponerse a almorzar o contemplar el lento transcurrir de las cosas, llora.
En este punto debo hacer una pequeña salvedad, pues el relato tiene una breve digresión, algo que pretende ser una incipiente historia de amor, al menos para este hombre que se encuentra encerrado en un laberinto del cual no puede escapar.
La joven llora desconsoladamente y el hombre de negocios ignora cómo proceder frente a los nuevos acontecimientos. Lo suyo es el marketing callejero. Si algo le ayudaba a soportar la presión del día a día, era precisamente esa bella muchacha con su rutina laboral tan en sintonía con la suya. Y entiende que si se le acerca va a contaminar la escena para siempre.
Maldice para sí.
Justo viene a sucederle esto en el último día, piensa.
Entonces decide una estrategia desesperada. Se sienta a su lado. La joven huele tan rico como las mujeres del café selecto. Y lo único que se le ocurre al hombre de negocios es un timorato, hola, pero conforme a su estilo, lo dice en inglés.
Hi.
La muchacha de grandes ojos pardos se lo queda viendo con extrañeza y los ojos más pardos y enormes que nunca. A la joven no le importa cómo huele el hombre de negocios, pero de todas formas piensa y decide: NO. Instintivamente y por educación, sonríe. Se trata de una sonrisa apenas dibujada en su carita, pero lo suficientemente estimulante como para animar al hombre de negocios que le pregunta, siempre en la lengua del Bardo, si le sucede algo. La joven se ruboriza al tomar nota de que sus emociones se encuentran tan a flor de piel, pero enseguida se recompone y le comenta que se encuentra bien, esto dicho en un inglés temerario, de ese que sólo entienden los que hablan en inglés temerario.
Entusiasmado, el hombre de negocios se pone a paparuchear en un cocoliche idiomático del cual ya no sabrá cómo salir. Habla de cosas tan desatinadas como inentendibles. La joven lo escucha en silencio, aunque poniendo conveniente distancia. Evidentemente nunca ha escuchado antes a un hombre de su condición social. Entonces la muchacha le cuenta que está triste porque su padre ha perdido el trabajo y que hoy le han confirmado que su madre está muy enferma. Y que por eso llora.
El hombre de negocios no sabe qué decir. Es un tipo tan profundamente metido en un mundo de negocios que no llegan a inquietarlo las emociones. Ya no.
Ella sonríe. Él sonríe. Por un breve instante, brevísimo hubiera sido suya.
La invita a almorzar.
La joven piensa, NO. Y se lo dice, NO. Lo mismo cuando la invita a tomar un café especial para momentos muy tristes. Y cuando se pone de pie y se ofrece a acompañarla a su trabajo. La joven le dice NO.
Tres veces NO.
No le interesa. Y le pide con la delicadeza propia de alguien con temor a las reacciones sicóticas, que ya no la intimide con su presencia. De nada valen las excusas del hombre de negocios y su pobre estrategia de seducción. La joven se retira sin dar más explicaciones. La tuvo. Por un brevísimo instante, la tuvo.
De todas formas, esto no desanima al hombre de negocios que la sigue a buena distancia y se queda toda la tarde en la puerta de la oficina, esperando la salida de la joven.
Al encontrárselo en la puerta del edifico de oficinas con una caja de bombones con forma de corazón, la joven escapa sin decir nada. Corre lo más rápido que puede y se pierde en una boca del subterráneo que la lleva hasta la terminal de trenes y de allí toma un servicio local que la alcanza hasta su barrio donde se toma un colectivo local y camina las tres cuadras que la separan de su casa donde ingresa corriendo.
En su apuro no repara en un hombre que la esperaba reparado bajo la sombra de un paraíso cercano. El hombre de negocios ya sabía dónde vivía la muchacha, ya la había seguido varias veces y se había quedado viendo su ventana, imaginando toda una vida posible a su lado.
Pero ahora la ha asustado.
Y quiere repararlo.
Entonces y a su pesar, el hombre de negocios deja la cajita con forma de corazón en la puerta de la casa de la muchacha de grandes ojos pardos. Con todo lo que podía dejarle dentro. Todo. Toca el timbre y se esconde detrás del paraíso vecino para asegurarse que lo reciba. La joven abre la puerta y se queda viendo la caja algo ajada. Cuando se asegura que no contiene nada raro, quita la tapa y se sorprende con lo que encuentra en su interior. Y enseguida mira para todos lados, buscando una respuesta a semejante ofrenda. Pero no la encuentra, porque el hombre de negocios ya se ha retirado, aliviado. La joven toma la caja y se mete a la casa.
Hasta aquí, lo que podría ser un romance incipiente o tal vez, una historia de amor no correspondido, como tantas.
Pero no.
Porque de esto el hombre de negocios ya no se entera. La joven vuelve a abrir la puerta y deja la caja con forma de corazón donde la encontró, con todo dentro.
El hombre de negocios le hubiera dejado su corazón dentro de la caja con forma de corazón si eso hubiera sido posible, pero sólo disponía de dinero para llenarla. De todo su dinero.
Pero la joven dijo, NO.
Hay cosas que el dinero no puede comprar. Dignidad.
Amanece. Un nuevo día comienza. Otra vez.
Pasa un cartonero y su rutina de miseria matinal por la casa de la muchacha de ojos tristes. En medio de unos cartones encuentra la cajita con forma de corazón con el dinero dentro. Se abraza a ella y llora.
En tanto, y al otro lado de la ciudad el hombre de negocios termina de rasurarse.
Y aunque no le gusta cómo se siente el filo de la doble hoja en su piel, la guarda para una nueva afeitada.
Se mira en el espejo y como el cartonero, llora. Desconsoladamente. Un hombre a su lado en su misma condición le palmea la espalda. Pero el hombre de negocios no tiene consuelo.
Lo tenía todo y ahora no le queda nada.
Es la historia de su vida.
Se mira una vez más en el pequeño espejo frente al lavatorio. Descubre que, a pesar de llevar puestas sus mejores prendas, lucen raídas y ligeramente ennegrecidas. No quiere ver más, y escapa de la casa de noche para personas en situación de riesgo sin saludar a nadie.
Ya no hay dinero en sus bolsillos para contar.
Sale a la calle y camina la peatonal de manera errática. Llega al local de hamburguesas del payaso siniestro. En una de las mesas a la calle, una pareja termina de desayunar y se retira. El hombre de negocios se abalanza sobre los restos del desayuno y bebe lo que queda de los vasitos de café. Come uno de esos bocadillos de nombre absurdo a medio terminar, y se retira antes de comprometer al vigilador que ya empieza a incomodarse con su presencia cada vez más corrupta.
Y comienza su rutina de cada día, ese descenso a los infiernos que pensó que ya no iba a volver a transitar.
Vender. Pero no cualquier cosa. Venderse. Volver a venderse. Lo que él vende es un producto que muy pocos se atreven a ofrecer. Lástima.
Se acerca a una pareja de rubicundos con mofletes de turistas. En un inglés lamentable les explica que está en problemas. Que ha sido robado y que necesita algo de dinero para volver a casa. Pero no está en su mejor condición emocional ni su aspecto ayuda a ser creíble. El hombre de negocios empieza a dar paso definitivo a ese hombre en ruinas que se siente por dentro. La pareja no parece creer su historia absurda porque apenas le entregan unas monedas con una mezcla de desprecio y miedo.
El hombre de negocios agradece el leve gesto de misericordia y camina la peatonal sin saber cómo seguir, sacudiendo las monedas en una de sus manos. Finalmente se da ánimos.
Puede volver a hacerlo. Claro que puede.
Va hasta un teléfono público de la peatonal y hace la llamada.
––Hola… ––le dice la voz de una niña al otro lado de la línea–– ¡Hola! ¿Papá?
––Sí ––responde finalmente el hombre de negocios.
––Papá… ––la voz de la niña se quiebra y llena de congoja–– ¿Cuándo vas a volver a casa?
––Mañana.

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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