El Acento

Antonio Florido

La caída del Cóndor – Cuento de Nadie Huamán Rojas

La caída del Cóndor - Cuento de Nadie Huamán Rojas
Nadie Huamán Rojas - Escritor

Al otro lado del mar, donde el río nace y a su paso la humanidad se agiganta, ahí, en la cordillera, donde el cóndor juega con el frío sin esconder su belleza. Donde abunda el oro y escasea el hambre, donde libre navega el sol, habita una nación de cóndores de faz risueña y gráciles formas, de fieros picos afilados, plumaje oscuro, fuertes garras y grandes pechos, mirada profunda de porte distinguido y poderoso olfato. Son guerreros andinos de las alturas, cuyas alas dominan los cuatro vientos, observando los hermosos valles desde lo alto. Ellos viven hermanados con las estrellas.
Sus antepasados habían escapado ganando alturas, de los grandes sismos que, cual epilepsias telúricas, ocurrían en el planeta. También de los espasmos biliosos de los volcanes y de los ríos embravecidos por la furia de las lluvias y tormentas. Es seguro que estas iras de la naturaleza eran causadas por los humanos, los cuales se extendían por Sudamérica. Aun así volaban libres, sin mayores contratiempos.
Habían logrado construir un singular imperio gobernado por cóndores sabios, cuya rígida disciplina se reflejaba incluso en el reparto de los alimentos, compartían con equidad la comida dando prioridad al Rey, quien degustaba primero, flanqueado por cuatro guardias.
Estos guardias también cuidaban la sucesión del reinado escogiendo al monarca capaz, quien con su sabiduría y justicia, prosiga el buen gobierno del gran país alado.
Mas, llegado el tiempo de la elección, un inmenso peligro se cernía sobre el pueblo, pues el postulante al trono era un picudo egoísta, soberbio, malvado, sin condiciones para reemplazar el Rey de los Andes. La preocupación cundió en las élites del gobierno y toda la clase política, que sin embargo no se ponía de acuerdo.
Conocida esta grave crisis y en un momento inesperado, desde el inmenso e inquieto mar, donde el sol se oculta, desembarcan unos invasores con ansias del oro que vestían los andinos; llegaron en barcos en el albor del siglo XV; vinieron a tropel en caballos negros con ocultas miradas. No eran los Wiracochas, eran guerreros implacables de blancos y acorazados plumajes y singular fiereza. De sus garras emanaban auténticos rayos mortíferos que abatían a los cóndores negros, lo que hacía improbable toda acción defensiva. Los oscuros cóndores andinos, al oírlos vitorear otro Dios, veían caer sus ídolos a su paso. Entonces, asustados, huyeron hacia las montañas. El Rey de las alturas, con el incrédulo rostro enrojecido, los reconvenía instándolos a la lucha, pero ante el desborde general de sus huestes se sintió obligado a lanzar un anatema:

—¡Malditos y cobardes serán los que huyen, sus generaciones venideras llevarán un collar blanco sobre el curtido y rojo cuello para que no olviden este momento!
¡Otros encarnarán en gavilanes y pequeñas aves carroñeras y vagarán en medio del repudio! ¡Hasta extinguirse…!
Los guerreros jóvenes que habían recibido la orden de esperar en la otra montaña, bajaron enfierado, y decididos, quebrantando la ley. A tropel, en negros corceles, penetraron al campo de batalla levantando la encrucificada espada. La estrategia usada por estos valientes era tan igual a la de los Wiracochas que los invasores temblaron al verlos venir y, ante la sorpresa de los demás, arremetieron con furia desconocida.
No se pudo cambiar la historia. Los pocos que quedaron, incluido el monarca, defendieron con valor el destruido reino. Pero la superioridad de los cóndores blancos acabó con los últimos rezagos defensivos.
Cuenta la historia que este último Rey plomizo, viéndose perdido, miró a lo alto sin doblar sus rodillas y con sus garras sosteniendo el suelo de su último reducto, abrió las alas y sin esconder su profunda mirada, clamó al cielo. Entonces desde las grietas del firmamento se desprendió un rayo dorado que impactando en el pecho del valiente cóndor, lo atrajo hacia arriba, al país de la felicidad. Su padre, el Sol, había premiado así su valentía.
También cuentan que, en una noche de luna, cada cien años, el cóndor, con sus ojos vigilantes, otea los riscos y sobrevuela los valles.

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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