El Acento

Antonio Florido

Diálogo con Pessoa

Diálogo con Pessoa

54.

Rua dos Douradores, espero desde tanto a Nando, mi amigo. He de contarle una breve historia. Hermosa fragancia. Poética figura en la mañana. La leyenda de un dulzor amargo, si esto se pudiera.
Aún no he entrado. Sostengo mi cuerpo sobre la pared de la taberna, en lo alto de la cuesta. Miro por la calle hacia abajo, parece que se duerme esta calle de Lisboa, a las orillitas del río, como quien dice. Mientras tanto saco algo y fumo el largo pitillo ceniciento. La gente pasa. Pero, ¡qué saben ellos!
La mañana amaneció inconcusa y cálida en el sur, con una ligerísima brisa que viene hacia la cara desde el oeste. Brillan los adoquines. Los amo. Amo esta calle escurrida con sus fantasías de piedra, puertas y ventanas desnudas, geranios verdes, azules, rosas…
Chirrían los carriles de metal. Por lo bajo sube el tranvía. Tiembla la cuesta y los fierros gritan. Nando camina. Trae dos horas de retraso pero sigue con sus pasos cansinos. El tranvía le adelanta. Mi amigo ha quedado quieto un instante. Le gusta el olor a fierro recalentado, dice. El sonido agrio. Los colores huidizos de los rostros y detalles que traspasan.
Unas nubes han destilado sus algodones por las cornisas abiertas. Entre los tejados asoma la sombra de esta mañana, a comienzos de la verde primavera. En mi tierra ya intenta el azahar, en sus brotes blancos. Y las flores de Pascua encienden y abren, olor a incienso. Así se siente la llegada del tibio renacer del Creador.
Una mano abierta.
La mía espera.
Nuestras miradas se aprecian junto a la pared de cal.
Acerco dos sillas hasta la ventana. Nos gusta parar el tiempo mientras la vida hierve.
―Ya puedes, Tonio. Espero largo. Deja que fume y beba. La copa de aguardiente espera fugitiva. Mírala.
Nunca digo nada antes que mi amigo. Respeto sus silencios. Nos entendemos así, tan frugalmente, como dos desconocidos que se encuentran a cada instante. Nos hemos saludado como si hiciera mil años de ayer. Nos atrae esta forma de empezar. Otro hombre repetido, parecido al de la semana pasada, pero siempre el mismo. Claridad en sus pensamientos y algo de nostalgia en el rostro, bajo el ala mínima que le cubre.
―Eres un hombre o-culto, Nando.
Me suelta un puñado de silencio y una leve sonrisa, rara, un poco paradójica.
Digo:
―Oí el sabor de la Añañuca. Es rojo. Es roja si se habla de la pura flor del desierto. Aquí no la encontré, de veras. Es preciso investigar, buscar el saber en otras conciencias. Visité todas las bibliotecas. Leí todos los libros del mundo. Viajé. Rodeé, Nando, la tierra que nos ha visto, la misma que nos duele. La Añañuca nace muy lejos, amigo. Hay que nadar hasta el otro lado. Escupir la arena pegada a los labios. Luego caminar como un loco, hasta que sientas las coyundas abiertas.
Alcancé el norte grande. Así le llaman en esas tierras. Allí un pueblito. Monte Patria. Por el centro se dibuja el Limarí. Un hilillo de agua sorda que baja de las abras. Presto y esperanzado de ser un río. Busqué en vano. Yo agachaba el cuerpo y las tomaba. Flores rojas, me dijeron, rojas y explosivas. Luego me enteré de lo cierto. No es una flor. No era al principio. Me hablaron de la leyenda hermosa de estas tierras.
La viejita me tomó de la mano con su mano fría. Anduvimos recodos y calles tiesas, buscaba algo esta mujer pequeña, de rostro acartonado y vivo.
Monte Patria era Monte Rey, acertó. Me quedé pensando. Sus dedos negros me enseñaron a observar quedamente. Señaló la casa, una pared semi caída. Triste y sola, olvidada. La viejita me aseguró que la niña había nacido en ella, en esa casita hundida por el paso de los siglos. Le pregunté cómo era. Linda, dijo. Como los picos blancos, más linda todavía que los besos hijos de otros besos. Todos la quisieron a su manera. Pero ella andaba y andaba, iba a lo suyo. Algún día aparecerá mi hombre, presumía. Los jóvenes no vivían, no dormían, no respiraban más que el amor vaporoso de esta niña. Los había embrujado. Las mismas casas chicas doblaban sus ventanas para mirar a la niña de las caderas, la de las trenzas largas. Sí, era muy hermosa, digo. Solía pasear por las lomas esas. Llegaba hasta las cimas. Perdía a veces el sentido y le costaba el regreso, cuesta abajo, pero se orientaba por el candor de esos jovenzuelos que la seguían a distancia. Ella pasaba sonriente, los conocía. Eran unos ñatitos simples, enamoradizos.
Un día dijo, esperaré, aunque se me marchite el cuerpo, esperaré.
Ese día se perdieron muchas esperanzas. Llovió para contarlo. Fue cuando al Limarí le pusimos río. Desde entonces no para de llorar. Le falta ella, sus andares, sus dedos finos, su cabello. Ya no hubo más reflejos en el agua tonta que bajaba y bajaba. La niña, la Añañuca, se quedó encerrada. Le dio por no salir. Años y años. Será vieja, decían algunos. Sí, vieja y arrugada, sostenían otros. Los españoles rindieron sus fuerzas, buscaron los altos blancos con sus pechos de lata. Y fueron hacia al oeste, a sus barcos, estaban hartos de tanta angustia. Sus familias también esperaban. Le cambiaron el nombre por la rabia. Desde entonces es Monte Patria. Lo nuestro, que nos lo fueron quitando como el sentir de los indios. Ahora es chico. Ya se ve. Y sus callecitas desaparecen en la imagen grande del horizonte. Nadie viene. Sólo usted, un extraño, un ser raro e imaginario, que busca lo que nadie busca, la Añañuca.
Hijo, una tarde llegó un joven. No se sabe de dónde. Nadie le preguntó. Era apuesto, grande, hermoso. Con el rostro tostado por las caminatas de este sol que quema. Nadie le dijo esta tierra es plata.
Oro, dijo, yo busco el oro. La plata para los asnos. Sólo amarillo oro para mi descendencia.
A la mañana siguiente, el pueblo se arrejuntó en la placita. La Añañuca estaba escondida, pero escuchaba al joven, sus pedidos y su garbo. Dicen que de ahí en más el joven le pudo y la niña quedó atrapada entre la risa y el llanto. Eso dicen. Yo soy vieja y esto fue muy antes de mi abuela, quien lo contó a mi mamita. Así me llegó la leyenda. La historia de esta niña linda.
Al cabo el joven dejó de hablar. Quedó hecho bronce. La vio desde lejos. La Añañuca será mi mujer, pensó. Nosotros nos miramos como extraños en la única plaza del pueblo. Los niños y hombres formaron una calle vacía y el joven bajó. La Añañuca se tapó los ojos con una venda pudorosa. La vieron entonces fresca, joven, no era una viejita, que supo esperar con respeto. El minero le dijo algo al oído, la tomó por el brazo, se la llevó a otra parte. Luego supimos que fue el río, con su riberita, el único en oír la confesión. Para ella sería todo el oro de la montaña. Luego la besó sin permiso. Ella se dejó y corrió una cinta de vergüenza por las calles del pueblo. Algunos jóvenes no quisieron comer, otros no salieron en los días de sol, la niña había sido ultrajada, pero lo único que sucedió fue un beso y una promesa con los pies desnudos, en el agua clara del Limarí.
El joven minero se quedó para los restos a vivir. Ella le consintió. Él se lo juró por los santos de su tierra. Paseaban solos por las tristes aceras a la verita del valle que florecía. Eran tonos rubios y sosos, pero al fin llegarían los encarnados imponentes. Clamarían la triste noticia con la eclosión de sus granas.
Aún faltaba mucho para eso, niño, oiga usted, lo que le digo.
Dicen los viejos que el minero salía cada mañana con el cielo cuajado de estrellas. Llegaba pronto a las primeras sendas que se perdían entre las rocas. Buscaba, agachaba el cuerpo, a veces se echaba al suelo y juntaba el oído a la tierra. Ella palpita con el corazón frío. A nadie le cuenta los secretos, ni los españoles, con sus lanzas y aprestos lograron nada. Pero él persistía. Era joven, un loco obcecado.
He venido de muy lejos y lo encontraré, decía. Mi descendencia será oro puro, como el rey Midas, oro para el mantel y mis aposentos, para mi mujercita hermosa, para mis hijos, mi hogar…
Muy despacito fueron pasando los días.
La mina, la mina…
Ella le tomó el rostro, qué te pasa, le preguntó. Nada, dijo. Pero sí pasaba. Esa noche el joven había tenido un sueño. El duende le señaló el sitio exacto de la grieta por donde asoma el oro. Se obsesionó y abandonó a la niña de las trenzas negras. Se fue del pueblo. Hizo el hato y escaló todas las piedras. Conoció las pisadas y detalles, el color del cielo, las formas de la tierra cuando la holla el hombre. Se conocía todos los secretos de la montaña. Buscaba también al duende de sus sueños. Él le iría guiando. Pero el duende no aparecía. Era listo y pequeño. Rápido y sagaz. En cada roca le adelantaba. Notaba el joven el juego. Un perverso anuncio de que la cosa se iría de madre. Le alcanzaba de vez en cuando una angustia desesperada, un resuello necesario. Entonces apoyaba el cuerpo y se sentaba a contemplar el fracaso, porque eso también tiene su forma. Un desconsuelo por no cumplir con la amada. Pensaba en ella. Soñaba con su carita luna y sus trenzas largas, su cuello cisne y sus pies descalzos. Tocaba la promesa con los dedos de sus sueños y se decía seguir adelante, para eso estoy.
La joven no rehusó salir a la calle. Los otros la miraban. Pasaba el tiempo y la espiaban siempre con cierto aire de arrogancia. Los niños se hicieron hombres y los hombres viejos. Mi mamita me lo recordaba a cada instante. Cantaba la canción de la leyenda. Se tomó para arrullar a los bebitos, que así dormían el sueño duende de la montaña.
Me lo ha prometido, oigan, mi joven cumple.
Una mañana la montaña apareció grande y alta, blanca. La veta suspiraba en la tiesura. El joven del río oyó en silencio y el silencio abrió sus labios. Siguió el rastro, callado, quieto y lento. Olió las pisadas de mil veces antes y en un rinconcito verde y ocre, yermo… Allí el hueco con su perfil rocoso. Negro. Rumiaba quedo el agujero de la montaña.
También le vio. Pero el duende volvió a esconderse tras una roca tensa, sonrió levemente.
Jamás volverían sueños en las noches obsesivas.
Pasaron varios días y semanas y el joven cavaba la tierra sin un deje de desmayo. Una vez y otra, los dedos rotos, las manos muertas, la tierra salía y el oro, el oro…
Afirman que la montaña sólo quería un descanso sordo, una imagen de la codicia sin sentido. El hombre busca el cielo a ciegas, quebrado, mudo, sin pausa, sin contar los años que le pueden y avinagran.
La promesa estaba en los cantos de sus manos y en la tierra juguetona que de él se burlaba.
Oro, oro…
Volveré, dijo. Eso recuerda la niña hermosa. Volveré en tus noches solas. Te lo prometo.
De esta manera, hijo, la Añañuca envejeció. Murió esperando un puñadito de oro y al enamorado que le apalabró el cielo. La enterraron en el ancho verde que sube, el de muy allá, mire. Sólo una crucecita blanca para sus ojos de azabache. La india apagó la risa, el pueblo quedó hecho pueblo, el río llueve. Desde entonces no deja el cielo de volcar los recuerdos de esta historia en el norte grande. Murió de amor. Desengañada. Sola.
El espejismo se los fue tragando. Como le digo, la gente de Monte Rey la lloró y enterró un día de lluvia, que para el caso. Al otro día, el sol calentó el valle y se llenó de hermosas flores rojas. Es la Añañuca. La Añañuca para los restos, que algunos hablan y mueren sin reconocer que fue la más hermosa de todas.
Hijo, esa flor crece hoy hasta Melampó, por allá, mire. Hasta el valle de Quilimarí, le digo, al lado de Piedras Blancas. Cada año, después que el cielo llora, la pampa se convierte en la voz olorosa y triste de dos enamorados rojos, rojas. Es un desierto. Un desierto florido.
Me volví buscando el dedo de la viejita, adónde señalaba, de parte a parte, ancho campo, vasto hasta en los ojos. Luego, Nando, la viejita desapareció. Sin otro vuelo en mis entendederas, se fue, como le digo.
Fui alejándome del pueblito junto a las aguas frías del Limarí. Necesitaba otro dato para mis apuntes. Me quedaron claros sus ojos ciegos, como de joven. La viejita Añañuca se vistió de un rojo puro.
Se fue disolviendo.
Nando continuaba escuchando sobre la silla de la ventana. Pensaba. Dijo, esta historia es triste. Luego siguió fumando. La copa de aguardiente en una mano mansa cansada de escribir. Es una naturaleza honda y extraña. Un tipo singular. Dice que no le gustan los viajes, que el ser no cambia. Siempre el mismo, imagen reflejada millones de veces, en cada madre y en todos los rincones.
Es un artista.
Muestra la necesaria tranquilidad que se requiere.
He de mentir.
Otros en mi memoria, existen. Otros Nandos…
Aunque sea consciente de lo que digo, sé que miento.
Otro tú es necesario.
Morir ambas veces. En ocasiones especiales. Pero morir no es trágico. Sólo la llegada del arte que imagina que piensa y que escribe. Una sonámbula experiencia de saberse solo. De comprender el sentido estricto de lo que pienso.
No ha sido más que otra breve historia. De lejos. De muy lejos, con los sentimientos comunes, humanos. De poco vale ir si nada cambia. La tristeza y el orgullo. La vanidad de la obra que se yergue, altiva.
Nando afirma, vivir para crear. No pido otra cosa. El año de mi nacimiento y de mi muerte. Lo de en medio es sólo mío. Cosa mía.
Quisiera que me comprendieran. No soy nadie. Ni original ni alto. Tengo ojos en las experiencias. Memoria para atrapar las palabras. Algo de pericia si se tercia, pero nada más. Estuve largo tiempo encerrado en la cochura del hombre, en la sombra propia. Buscaba la manera de salir. Quería otro universo. Lo escribiré, dije. Luego me puse a la tarea, pero exigía un retiro ingrato. Me alejé cuanto pude de los hombres medios. Embarqué muchas veces. Abandoné el paquebote sobre la mar que me llamaba. Las aguas buscaban arte. Subir y bajar. Ser ella misma. Ser yo mismo. Nada. Nadie.
Compuse para ella una sinfonía dulce y muchos poemas.
Quise sanar esta herida mía.
Los demás lo aseguran. Este hombre se nos muere.
Eso dicen afanosamente.
Es raro, serio, extraño, desnuda su dignidad, todo le puede.
¡Aléjense de él!
¡Aléjense!

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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