En esta sociedad del espectáculo, donde la fama y la notoriedad es lo que importa, ¿qué es eso de la intimidad? Mientras leemos este artículo, cualquier niñato puede estar grabándonos con su teléfono móvil sin darnos cuenta. Así que más vale tomárselo con calma.
Antes sólo los personajes televisivos exponían impúdicamente sus trapos sucios. Hoy día, en cambio, cualquiera va a que le hagan una cara nueva en Cambio radical o cuenta en Salsa rosa cómo se lo monta con su hermano.
O sea, que nos importa un pito que la gente se entere de nuestra vida privada. Antes era otra cosa. Antes estaba mal visto casi todo: uno no podía ser agnóstico, ni gay, ni progre, ni nudista,… Casi, ni vegetariano, porque todo lo que se apartaba de lo denominado normal era objeto de sospecha. Ahora, en cambio, uno presume de haberse cambiado de sexo, pleitea con la administración si sufre discriminación sexual, laboral o de lo que sea y se hace socio de la ONG más pintoresca que se cruce en su camino.
Los únicos que mantienen la privacidad de sus cuentas son los bancos. Y no porque sean más puritanos o más respetuosos, sino posiblemente porque allí guardan su dinero mafiosos, narcotraficantes y especuladores inmobiliarios. Si no, ya me dirán.
Es que el nuestro es un mundo esquizofrénico. Por una parte, aún se mantiene en las leyes la inviolabilidad de la correspondencia, cuando ya casi nadie escribe cartas. En cambio, entre spans, hackers y demás jerga informática, cualquier espabilado entra en nuestro correo electrónico.
Luego, claro, están las cámaras de vigilancia públicas. Antes sólo las tenían algunos cajeros automáticos. Ahora que la delincuencia empieza a ser una actividad con más adeptos que el footing, ya hay videocámaras por todas partes. Pues bien: la ley ordena que en las zonas vigiladas por ellas figure un distintivo informativo que lo anuncie “en lugar suficientemente visible”. ¡Toma ya!, ¡para dar facilidades a los delincuentes!
Mientras aún nos la cogemos con papel de fumar en eso y en que los teleoperadores no conserven las llamadas de los móviles, nos dedicamos a desvelar la intimidad del prójimo en páginas web, muchas de ellas ilocalizables. Otra contradicción más que evidencia nuestro extraño concepto de la intimidad.
Las leyes tienen que ponerse al día para que sólo sea punible el uso delictivo de lo filmado con cámara oculta. Los tiempos cambian, pero la injuria y la calumnia siguen siendo delitos aunque muchos que los practican encima se hagan famosos por ello y salgan luego en la televisión presumiendo de su fechoría.
