La brutal matanza de siete turistas españoles en Yemen nos ha vuelto a poner de bruces ante el terrorismo internacional.
La primera reacción, tras el horror, es el miedo a salir de casa, a viajar a “países de alto riesgo”. Lo mismo sucedió en agosto de 1994, cuando el asesinato de dos compatriotas en la localidad marroquí de Marrakech y 48 horas después del niño Pablo Usán en Egipto.
Es verdad que el terrorismo islamista busca, precisamente, destruir la economía de los países árabes abiertos a Occidente. Pero, por desgracia, no hay más peligro en ellos que en nuestra propia casa. El 11-S murieron en Nueva York más norteamericanos que todos los asesinados nunca en el exterior. A los británicos les ocurrió igual hace dos años en Londres ¡y qué no decir de nuestro horripilante 11-M en Madrid!
El terrorismo es hoy una realidad universal contra la que ya se trabaja con eficacia. Hace 30 años también resultaban habituales los atracos armados a bancos o los secuestros aéreos y hoy son casi un recuerdo.
Por eso, la mayor concesión a los terroristas sería dejar que nos amedrenten. Entonces habrían comenzado a ganar su guerra.
