Tras años de demolición sistemática y constante del concepto de España, Rodríguez Zapatero recupera el vocablo perdido y de repente se muestra “orgulloso de la cohesión de la nación española”.
En un drástico giro copernicano, su prioridad no es ya “cambiar el Estado” o “adaptar el país” —eufemismos para soslayar con ellos la palabra hasta ahora innombrable—, sino presumir de “los logros del Gobierno de España”.
Milagros de la urgencia electoral. Claro que la proximidad de las urnas viene a ser como un apretón escatológico: pasado el apuro y evacuado ya el vientre, uno vuelve a su plácida vida de antes. De momento, sin embargo, vivimos una eclosión publicitaria del “Gobierno de España”, con logotipo propio y todo. No se trata, evidentemente, de la definición constitucional de “Reino de España”, ni de la más aséptica de “Estado español”, sino de la referida al actual gobierno socialista.
Pero no me quejo. Al fin y al cabo hemos rescatado la palabra maldita, el concepto que lleva vertebrando nuestro país desde hace al menos medio milenio.
Y hay que hacerlo no para que gane las próximas elecciones uno u otro y luego, pasado el trance, negocie a la baja con los nacionalismos periféricos su contenido y su significado. Hay que hacerlo, simplemente, por una cuestión de supervivencia: moral, económica, cultural… y hasta lingüística.
Si no, ya tenemos a Jimmy Carter dispuesto a mediar entre “el Estado español y el movimiento vasco”, o al dirigente de ERC Joan Carretero mostrándose proclive a “llevar el referéndum de independencia de Cataluña a la UE o la ONU”, al socaire de casos como el de Kosovo.
Está bien que no sólo cargue a sus espaldas el nombre de España la selección de baloncesto y poco más. A día de hoy, apenas si sabemos usar correctamente las lenguas vernáculas si no es al coste de hablar un castellano cada vez más deprimente.
Así que bienvenido sea el invento de Rodríguez Zapatero, aunque previsiblemente sus efectos se esfumen a la vuelta de la primera esquina electoral.
