A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Si toda España fuese como la Comunidad Valenciana…

Si toda España fuese como la Comunidad Valenciana, Mariano Rajoy sería el próximo presidente de Gobierno, ante la eventualidad de una nueva mayoría absoluta regional del Partido Popular en las elecciones generales del mes de marzo. Hace casi cuatro años, cuando el revolcón del PP el 14-M, los populares obtuvieron en la Comunidad valenciana 17 de los 32 escaños en juego, con un 46,82 por ciento de votos.

No hay razón para pensar que eso no vuelva a ser así dentro de seis meses, a tenor de los apabullantes resultados autonómicos conseguidos por Francisco Camps. De ahí la estancia esta semana en Alicante de Mariano Rajoy, antes del comienzo de curso de su partido, ayer, en el castillo pontevedrés de Sotomayor.

La visita del líder conservador buscaba precisamente contagiarse del balsámico efecto Camps, con el que amunicionarse para la dura campaña electoral que se avecina. Lamentablemente para él, el éxito de una autonomía, como la valenciana, no suele ser traspasable a escala nacional. Más bien sucede al revés, que es la notoriedad conseguida en el ámbito estatal la que se proyecta sobre cada circunscripción. En eso, precisamente, confía el PSPV-PSOE, sumido en sus horas más bajas: en que el impulso personal de Rodríguez Zapatero amortigüe el batacazo autonómico de este año y reduzca al menos a la mitad los 19 puntos que le sacó de ventaja el PP.

Aun así, lo tendrá crudo el PSPV, embarullado en cuestiones de liderazgo —Jorge Alarte, Ximo Puig, Jordi Sevilla…— cuando su problema real no es tanto cuestión de personas sino la falta de un proyecto que conecte con las aspiraciones, las necesidades y los problemas de una sociedad de la que se halla muy alejado.

Pero hablábamos de un Mariano Rajoy que no tiene quien le tosa en la Comunidad Valenciana. Fuera de ella, en cambio, el presidente del PP aparece como un candidato con fisuras y como un líder discutido, aunque sea sotto voce, dentro de su propio partido.

Sus dificultades arrancan desde la imprevista derrota del 14-M. Su designación había sido imposición personal de José María Aznar, en la hipótesis más que verosímil de que ganaría las elecciones de 2004. Gentes próximas al anterior jefe de Gobierno aventuran que en aquella decisión influyó el carácter apacible y conciliador de Rajoy, el cual presagiaba una presidencia pacífica en la que incluso Aznar podría meter baza. En cambio, como líder opositor, Rajoy carece del carácter y de la firmeza necesarios para tan ingrata labor.

Ignoro si es o no cierta semejante conjetura. Pero la subsiguiente parálisis y estupor del PP tras la derrota del 14-M, su fijación constante en aquella efeméride, las energías derrochadas en demostrar una improbable conspiración, la falta de reacción política… evidenciaron la carencia de un pulso inicial que catapultó a Rodríguez Zapatero y le permitió llevar a cabo cualquier desatino político en que se empeñara.

El tercer tropezón de Rajoy, por decirlo así, ha sido lo errático de su política opositora, enzarzándose en muchos temas —matrimonio homosexual, papeles de Salamanca, inmigración irregular…— que al final han quedado en agua de borrajas sin que haya obtenido ningún rédito de ellos.

Para constatar ese desaguisado, Rajoy es el líder político peor valorado por el conjunto de los españoles y el de interlocución más difícil con otras sensibilidades ideológicas. Si el mejor ejemplo que tiene la derecha española de cómo llegar al poder y cómo usarlo es el francés Nicolas Sarkozy, capaz de atraer hacia su causa hasta el ex jefe de Gobierno socialista Michel Rocard, no parece que Rajoy sea la persona más adecuada para ello.

Se entienden, entonces, las voces aún tímidas en busca de otra alternativa. Una de ellas es la de Ruiz-Gallardón, que se postula indirectamente para un posible relevo. Otras, las de los gallegos Manuel Fraga y Alberto Núñez Feijoo, hablando sin tapujos de un tema hasta ahora tabú.

Lo cierto es que el Partido Popular ha permitido que Rodríguez Zapatero saliera inmune de los dos enormes lodazales en los que se había metido —estatutos autonómicos insolidarios y negociación con ETA— y ahora no encuentra ya argumentos suficientes con que impedir su reelección.

Este panorama político tan desolador, para desgracia de Mariano Rajoy, no tiene nada que ver con el de una Comunidad Valenciana que si algo exhibe son las ideas mucho más claras.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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