A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Síndrome postvacacional

Supongo que a muchos de ustedes les pasará como a mí, que ando algo depre. Ya saben: un poco de melancolía, de esplín vital, que se decía antes. Puede que tengan incluso taquicardias, insomnio y hasta problemas digestivos. Estos días, eso no sólo nos ocurre a ustedes y a mí, sino que le sucede a la tercera parte de los ciudadanos. Es lo que se llama síndrome postvacacional.

Nada más lógico. Tener que soportar de nuevo al gilipollas de nuestro jefe, sufrir los atascos de la hora punta y resolver los problemas que dejamos pendientes antes del verano deprime a cualquiera. Al menos, que sepamos que no estamos solos en nuestra frustración.

Hay incluso quien ya vuelve cabreado de las vacaciones, con lo que viene entrenado. Se debe a que sus ilusiones festivas no se han cumplido: el apartamento en la playa era una porquería, la música de los chiringuitos no le ha dejado dormir o le han clavado por una parrillada familiar como si hubiese consumido caviar iraní.

Así que septiembre es pues el mes en que las reclamaciones a las agencias de viajes suben como la espuma: por retrasos en los vuelos, informalidad en los contratos, deficiencias en los hoteles, etcétera, etcétera.

También es la época en que aumentan las demandas de divorcio. Estar un mes entero conviviendo con el cónyuge sin el alivio de largas jornadas laborales, compromisos oficiales y otras obligaciones extrafamiliares suele acabar con muchas parejas ante el agobio de la cotidianidad.

No sé si será por eso que hay gente que no toma vacaciones. Algunos ejecutivos lo hacen no por ser imprescindibles, ni por su adicción al trabajo, sino para que no se descubra que las cosas funcionan mejor en su ausencia.

Pese a tantos inconvenientes, cada vez soy más partidario del asueto veraniego. El otro día encontré el argumento definitivo en un anciano taxista, desvencijado y decrépito, que me dijo todo orgulloso que no había hecho vacaciones en cuarenta años. “Las haré cuando me jubile”. «¿Y a qué espera, buen hombre?”, le pregunté. “A que me llegue la edad, pues sólo tengo 59 años”.

Ya ven si la cosa está clara. No teman que las vacaciones sean caras ni que se frustren las esperanzas puestas en ellas. No importa. Tómenlas otra vez en pequeñas dosis y así siempre les quedará el consuelo de que el próximo período será mejor. ¡Ah!: y no se les ocurra formular buenos propósitos para la rentrée, como hacer gimnasia, dejar de fumar o ponerse a dieta. Semejantes expectativas para el regreso sí que deprimen a cualquiera.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Lo más leído