No hablo de política sino de sentimientos. La política es algo contingente y hasta mudable. Algunas gentes que un día defendieron unas posiciones, tiempo después lo han hecho con las opuestas. O sea, que no radica muchas veces en las convicciones sino en el oportunismo. Incluso ha habido tipos sublimes, como aquel jefe de policía francés, Fouché, superviviente de la Revolución Francesa y que sirvió a tres regímenes diferentes.
Me refiero, ahora, a esos jóvenes radicales de San Sebastián que se han ensañado con la Ertzaintza. La mayoría de ellos no vivían cuando el régimen de Franco, quien murió hace 32 años. O sea, que la suya no es una reacción frente a la opresión inmediata, ante una injusticia directa. El suyo, en cambio, es un reflejo del odio. “Y el odio, aunque sea a la injusticia, también deforma la cara”.
Lo decía Bertolt Brecht, insobornable intelectual de izquierdas al que seguramente ninguno de ellos ha leído. Y es que el odio no genera honestidad, bienestar o convivencia, sino que destruye todo aquello a que se aplica, pero también a quien lo aplica.
