El pleonasmo iniciado por Ibarretxe de “vascos y vascas” ha hecho tal fortuna que los discursos políticos duran hoy el doble que antes, ya que hay que dirigirse a “todos y todas”, “trabajadores y trabajadoras”, “celulíticos y celulíticas” y así hasta el infinito.
Algunos progres, llevados de su afán equiparador, han llegado a referirse a “jóvenes y jóvenas”, como le sucedió a Carmen Romero cuando la esposa de Felipe González era una modesta diputada.
Sin llegar a tanto, y para evitar la masculinidad excluyente de sustantivos antañones, existen hoy juezas, concejalas y presidentas donde antes también las había, aunque sin necesidad de desdoblar las palabras. Al parecer, aquella normativa léxica debía ser machista. Por suerte, a nadie se le ha ocurrido todavía calificar de feministas a vocablos que nos engloban a todos, con independencia de nuestro sexo, desde artista a cibernauta, pasando por ecologista, piragüista o, como es mi caso, periodista.
Viene esto a cuento porque mi profesión, como otras, es mayoritariamente femenina. Desde hace tiempo, en las redacciones del ancho mundo hay más mujeres que hombres. Lo evoco porque acaba de nacer un nuevo periódico al que deseo el mayor éxito; un diario que se autodefine como progresista y de izquierdas. Lo que sorprende es que, siendo la izquierda la abanderada de la igualdad de sexos, ese diario tenga el doble de varones que de mujeres.
Se trata sólo de una anécdota, aunque sintomática. Cuando las sufragistas de hace un siglo lograron el voto femenino, enseguida hubo una reacción desencantada: “La izquierda luchó por el voto para la mujer y ésta se lo acabó regalando a la derecha”, en alusión a la presión clerical sobre las pías señoras de misa diaria.
Sin buscar analogías, una paradoja semejante ocurre hoy. Los socialistas aprueban leyes paritarias, pero luego entre los cuadros dirigentes del PSOE hay menos mujeres que en los del PP. Es que, como recuerda el refrán, una cosa es predicar y otra dar trigo.
