A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Sin homosexuales y otras barbaridades

La ONU sirve fundamentalmente para que políticos y funcionarios de cinco continentes vivan a orillas del neoyorkino East River, compren regalos en la calle 57 y disfruten de inmunidad diplomática. Una vez al año, además, desfilan por la tribuna de la Asamblea General dirigentes mundiales del pelaje más diverso y de las características más pintorescas. En ella hizo su debut internacional en 1960 Fidel Castro, con una delegación de barbudos uniformados que aún llevaban en las axilas el sudor de Sierra Maestra. En ella, también, el difunto Arafat dijo en 1974 que venía con el fusil en una mano y la rama de olivo en la otra, para llamar así la atención mundial sobre el irresuelto problema palestino.

Por ese foro acaba de pasar este año el iraní Mahmud Ahmadineyad, queriendo demostrar que es un hombre de paz y que con sus próximas bombas atómicas sólo matará judíos y otros indeseables. Antes, como tantos otros, ha buscado un recinto académico para evidenciar que asimismo es un hombre cultivado, pese a su imagen de iletrado furibundo y a su pasado de guardián armado de la revolución islámica del ayatolá Jomeini.

En su caso, el centro académico fue la Universidad de Princeton, cuyo rector, en vez de hacer la típica presentación empalagosa del conferenciante, lo puso a parir. Dando la razón a su anfitrión, el presidente de Irán, entre otras lindezas, dijo aquello de que en su país “no hay homosexuales”, para general regodeo de la audiencia. Todos sabemos que haberlos, haylos, pero que una prudente aplicación de la pena de muerte evita su manifestación pública.

Éstas son las barbaridades que, unas veces dentro y otras fuera del edificio de la ONU, suelen decir muchos tiranos venales y corruptos que se pasan por la entrepierna la intención de Naciones Unidas de “fomentar el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales”. ¿Cómo va a lograrlo la anquilosada institución si muchos de sus miembros la conculcan un día sí y otro también?

No nos extrañe, pues, que periódicamente se produzcan matanzas en Rwanda, en el Congo o en Somalia. O que la represión sea una constante desde Zimbabwe hasta Indonesia, pasando por Cuba o Corea del Norte. Por eso, también, nos escandalizamos impotentes ante los sucesos de Birmania, mientras que los militares de ese país saben que tienen las espaldas cubiertas por regímenes poderosos como los de Pekín y Moscú.

Por todo eso, la ONU es una utopía tan bienintencionada como inútil.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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