A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Nacionalismo, expansionismo y otros agravios

Aunque sea de forma anecdótica, ya ha llegado a Valencia la quema de retratos de Juan Carlos I. Aquí, estas cosas, por fortuna y por sentido común, no suelen suceder, pero convendrá hacer una modesta reflexión sobre ellas. Si magnificar semejantes historietas sería hacer el caldo gordo a sus autores, mirar hacia otro lado no sé si resultaría más de estúpidos que de cobardes o al revés.

Lo curioso es que los apologistas de tales fechorías, como hace su portavoz, Ferran Jiménez, las justifican por una presunta libertad de expresión que niegan a los demás. ¿Se imaginan, pongo por caso, que a alguien le diese por quemar una sola foto de Francesc Macià en la Plaça de Sant Jaume? Dudo que saliese ileso de su intento.

Es que ese nacionalismo radical y rabioso es excluyente y, además, expansionista.

De lo primero tenemos muestras todos los días. Frente al ejemplo de convivencia lingüística que ofrece la Comunidad Valenciana, donde Francisco Camps y Joan Ignasi Pla alternan sin complejos el castellano y el valenciano en sus intervenciones públicas, Cataluña propende a un monolingüismo a duras penas evitado por los esforzados Ciudadanos de Albert Rivera.

Que conste que, a diferencia de otros, no me escandalizo de que a la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi la excluyan de un programa radiofónico en catalán, ni de que se quisiera exigir esa lengua a los universitarios de otras regiones, medida que finalmente ya se ha envainado la comisionada de universidades, Blanca Palmada. Si las clases y las tertulias aludidas son sólo en catalán, pues bendito sea. Lo que sí me parece lamentable y hasta inicuo es que no existan de hecho también espacios radiofónicos ni clases en castellano, como es el caso.

El otro aspecto del nacionalismo que comentaba es su carácter expansionista, justo lo que les reprocha a sus presuntos opresores. El particularismo que reclama para sus señas de identidad se lo veda a los demás, pretendiendo anexionarlos, como ocurriría en esos sedicentes Països Catalans a que aspiran los aprendices de incendiarios.

Citaba el otro día el periodista vasco Patxo Unzueta al pensador Jürgen Habermas para explicar la insaciable escalada de los soberanistas, que es una manera fina de llamar a los independentistas para evitar así la dureza del vocablo. Dice el filósofo alemán que el victimismo de los nacionalistas, su necesidad de un perenne agravio a sus tesis, conlleva que cuanto más reciban más exijan. Si llegan a obtener todas las competencias posibles dentro del marco legal, como sucede en la España autonómica, para poder mantener su queja no les queda otra que demandar la ruptura de ese marco, de ese criticado corsé jurídico que es el que les ha dado a ellos más que a nadie.

En ésas estamos. Pero ojo, porque la siguiente ubicación de ese agravio, el subsiguiente paso político, se daría más allá de las hipotéticas fronteras actuales. Eso ocurriría en Euskadi, donde el proyecto secesionista de Ibarretxe no acaba en su comunidad autónoma. En la exigencia nacionalista vienen luego Navarra y los tres territorios del sur de Francia, en un mapa de Euskal Herria que también hace incursiones en sus comunidades vecinas.

¿Y qué decir del otro mapa, del que visualiza la ensoñación pancatalanista? Pues que fagocita toda la Comunidad Valenciana, las Baleares, el Rosellón francés, la denominada Franja del Ponent, en Aragón, y Alguer, al norte de Cerdeña. Este último enclave, aunque modesto, ejemplifica la contradicción de los autodenominados pueblos oprimidos. Si ha habido una conquista a sangre y fuego, que siete siglos después aún perdura en la memoria histórica de Cerdeña, fue la efectuada en esa isla por las tropas catalanas del Reino de Aragón. ¿Y eso es lo que reivindica un Principado que nunca fue conquistado por ningún enemigo exterior?

Creo que estas reflexiones conviene hacerlas en vísperas del Nou d’Octubre, festividad valenciana justamente reivindicada por tantos conceptos, aunque a unos pocos les sirva de coartada para sus utópicas demandas, no siempre tan pacíficas ni tan democráticas como ellos pregonan.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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