Naypyidaw es la nueva capital de Myanmar, antes Birmania, de actualidad por la represión política. El nombre, en lengua autóctona, es pomposo: significa Morada de los Reyes, aunque no se lo parezca a los 900.000 funcionarios instalados allí por la brava.
Eso es lo cómodo de las dictaduras: que acarrean a la gente como ganado, sin necesidad de debates ni discusiones sobre la conveniencia o no de las obras faraónicas. Al disidente no se le convence, sino que se lo ejecuta.
Algo así ocurre en China, aunque su mercado de 1.200 millones de potenciales consumidores encandile a las democracias occidentales, encantadas con todo lo que allí sucede. La creación de la mayor presa del mundo, la de las Tres Gargantas, ha obligado a trasladar a 1.900.000 personas, vez y media la población de Aragón.
No importa eso ni el inmenso impacto ecológico que ya inquieta hasta a sus mismos causantes. Sólo han pringado algunos dirigentes del PC local, tras años de denuncias de corrupción por esquilmados aldeanos.
Tanta aberración autoritaria la resumo desde ahora en el nombre de Naypyidaw, símbolo para mí de la opresión.
