A Contracorriente

Enrique Arias Vega

En cuanto pueda, me desnudo

Quedamos muy pocos en este país que no nos hayamos desnudado en público. Y no sé por qué. Supongo que por falta de ingenio más que de arrestos. Probablemente no hemos dado aún con el argumento, el pretexto, la justificación, el móvil, la disculpa y hasta la coartada moral para hacerlo. Por ejemplo: donar lo que se recaude a una ONG para niños sin ropa en el Tercer Mundo.

Las últimas que lo han hecho son las falleras de Poble de Silla. Su excusa, una simple apuesta. Claro que lo recaudado con el calendario en el que exhiben sus gracias será para ayuda a la comisión fallera, faltaría más. Y es que esto de los calendarios eróticos, aunque sea en plan fino, como es el caso que nos ocupa, mola. La prueba es que antes de que se hayan puesto a la venta e, incluso, de que se hayan impreso los almanaques, las fotos de las bellas falleras ya han aparecido en toda la prensa valenciana.

Se trata del efecto Full Monty, si nos remontamos a la película británica de 1997, en que un grupo de parados organizaban un espectáculo de strip-tease para poder sobrevivir. El éxito de la película evidenció que todos deseábamos despelotarnos y que sólo esperábamos a que alguien diese el pistoletazo de salida para hacerlo.

Desde entonces, no paramos. Cualquier excusa vale: protestar contra los abrigos de pieles o las corridas de toros, reclamar guarderías o más carril-bici, ponderar la lactancia materna o exigir la salida de tropas de Irak. Todo nos legitima. Incluso, el carecer de motivos para ello. Así hemos podido ver en cueros a plantillas de clubes de fútbol modestos y a amas de casa, a dotaciones de rudos bomberos y a afectados de osteomielitis. Da igual.

Esa tendencia al sinvestidismo, por denominarla de algún modo, es global: se produce lo mismo en Estados Unidos que en Argentina y en Alemania que en España. La recoge, incluso, la alta costura, con unos vestidos que en la pasarela muestran más la anatomía de las modelos que la ropa que visten.

En Oriente, claro, sucede justamente lo contrario, con unas féminas tapadas hasta la coronilla y que juegan al fútbol con bombachos para que no se les vea ni el tobillo.

Afortunadamente vivimos donde vivimos, en una sociedad tolerante y permisiva, que ha perdido la gazmoñería de antaño. Por eso, insisto, temo ser de los últimos renuentes que no ha ejercido aún su derecho a despelotarse en público. Pero no se preocupen, que aunque sea con retraso me lo estoy pensando.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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