Resulta que los independentistas occitanos que preside un tal Miquéu Aguilèra, con nombre de obvias resonancias hispánicas, han formado un gobierno provisional en el sur de Francia.
Supongo que el asunto no va más allá de lo pintoresco, pero es sintomático de las ganas de algunos de trocear Europa en un puzzle de imposible resolución. En su día lo intentó en Italia Humberto Bossi, inventándose un inexistente país del norte llamado Padania lo que, al menos, le permitió ser ministro en un Gobierno italiano de coalición con Silvio Berlusconi.
Los cuatro independentistas occitanos de hoy han dibujado un mapa nacional que para qué. Llega desde la frontera española hasta más allá de Limoges, por el oeste, y ocupa algunos valles alpinos del vecino Piamonte, por el este. Presumen de ser la nación sin Estado más grande de Europa, con 14 millones de habitantes, todos aquellos de la zona donde se habla el occitano, la arcaica lengua romance fragmentada en mil dialectos y que de hecho sólo se utiliza en el español Valle de Arán, del que por supuesto se apropia la sedicente nación occitana.
Como todos los separatistas sólo son respetuosos de sus congéneres, el vasto mapa que ocupa casi un tercio de Francia deja deliberadamente al margen el País Vasco francés, para su integración en la próxima Euskal Herria unificada, y el Rosellón, para su incorporación futura a los míticos Països Catalans.
En eso estamos. Ustedes y yo sabemos que todo esto es una utopía, por decirlo finamente y sin faltar a nadie, pero por ganas de fastidiar de sus creadores que no quede. Lo sintomático, que decíamos antes, es que todo esto sucede en una Europa que no sólo no aumenta su cohesión política, sino que cada vez debilita más su mínima estructura confederal, si es que alguna vez la tuvo. Cada día que pasa existen más países y fronteras, los distintos idiomas se hacen más beligerantes en busca de una mayor presencia política y regiones que jamás soñaron con ser independientes, desde Escocia a Kosovo, pasando por Flandes o Galicia, tienen cada vez más valedores de su especificidad racial y radical.
A esa Europa inacabada y sin ánimo ni arrestos para grandes empeños colectivos acabarán por pasarle la mano no sólo países como China, India o Rusia, que ya están ahí, sino otros emergentes, desde Brasil a África del Sur. A lo mejor también tienen ellos sus propios occitanos enquistados, pero por suerte para ellos aún tardarán algún tiempo en aparecer.
