Cada día hay más noticias espeluznantes, seguramente porque ahora tenemos más información que en otras épocas. La pasada semana se ha producido una especialmente repulsiva: la de una adolescente de 15 años detenida por un modesto robo, que estuvo durante un mes a expensas del abuso sexual de veinte reclusos varones en el Estado brasileño de Pará.
Resultan inimaginables sevicias semejantes en un país democrático, pero ya ven. ¿Y cuántas historias aun más terribles que ésta desconocemos? No hace tanto, supimos que una joven austriaca, Natascha Kampusch, estuvo desde los 10 a los 18 años secuestrada por un pervertido, antes de poder escapar de él.
Pero, ¿cuántas otras Nataschas están viviendo en la actualidad situaciones igual de terribles? ¿Y qué ha sido de la niña Madeleine Mc Cann, desparecida en El Algarbe? ¿Qué gente está sufriendo ahora mismo tortura, violencia o vejaciones en silencio y con absoluta impunidad de sus verdugos?
Es muy difícil poder ni siquiera imaginárselo. No es que quiera amargar el desayuno de los lectores, pero retengan un dato: sólo en los países desarrollados se tienen contabilizados 4.000 niños desaparecidos sin dejar rastro en la última década. ¿Y en el vasto, ignoto y desarrollado Tercer Mundo? Imposible saberlo. ¡Cuántas sórdidas e inimaginables historias pueden estar ocurriendo en este mismo instante!
En el caso de la adolescente de Pará, se da la doble circunstancia de ser niña y mujer, combinación explosiva en dos terceras partes del mundo, donde la condición femenina conlleva privación de derechos, sometimiento y subordinación.
No hay que ir muy lejos, sin embargo, para ver casos de ensañamiento y crueldad con las féminas. Hace unos días, en España, Svetlana Orlova fue la numero 69 de un ominoso ranking de mujeres asesinadas por matones de su entorno doméstico. A ellas hay que añadir los casos de niños maltratados en sus hogares, de ancianos agredidos por sus propios hijos y todo tipo de brutalidad y sadismo de fuertes sobre débiles.
En ese escenario, no me extraña la proliferación de series criminales en la televisión, desde C.S.I. a Sin rastro o desde Caso abierto a Fiscal Chase. Y más que vendrán. Para competir unas con otras y ganar audiencia, los guionistas elaboran retorcidas e inverosímiles tramas. Pero, por muy complejas que sean, ninguna de ellas resulta tan horrible como las de Svetlana o la niña brasileña de Pará. Y es que, lamentablemente, la realidad supera siempre a la ficción.
