No sé por qué nos extraña que los países de la Unión Europea discrepen sobre Kosovo. Por no ponerse de acuerdo no lo hacen ni sobre la patata.
Al parecer, existe ya una patata modificada genéticamente que produce un mejor almidón para uso industrial y cuya pulpa puede alimentar el ganado. Los 27 ministros de Agricultura no han llegado a un pacto y, mientras España defiende que se comercialice, Francia y Alemania se oponen como panteras.
A mí, digo, eso no me sorprende. Si ni siquiera son capaces de coordinarse las tropas europeas destinadas a Afganistán, ¿cómo se puede alcanzar un compromiso sobre algo tan anodino como un tubérculo?
Y es que en Europa nadie está de acuerdo con nadie: sobre los fondos agrícolas, la incorporación de Turquía, las leyes sobre inmigración, el uso del velo en las escuelas… Por no tener nada común, no hay ni Constitución, rechazada a la primera de cambio, en cuanto votaron sobre ella holandeses y franceses.
O sea, que la Unión Europea es más un propósito que una realidad, consiste en un gran mercado sin fronteras pero no en una unidad política. ¿Cómo va a haber una vocación unitaria cuando no existe ni siquiera una política exterior común?
Lo de Kosovo no es más que el último ejemplo de que, ante cualquier decisión, cada país mira en qué le puede afectar y luego obra en consecuencia. Con esa visión miope y egoísta, Europa deja que sean rusos y norteamericanos los que disputen el futuro de los Balcanes, olvidando que por un incidente casi minúsculo en relación con el de ahora allí comenzó la Primera Guerra Mundial, hace menos de cien años.
El problema no radica en tener 23 idiomas oficiales distintos. A lo mejor, todos acabaremos hablando inglés, como ha prometido Rodríguez Zapatero, pero para entonces Europa puede haberse troceado en enclaves aún más sectarios y excluyentes mientras que los grandes temas mundiales se deciden en otra parte.
Porque, ya me dirán ustedes, ¿qué puede esperarse de una gente que no se pone de acuerdo ni sobre la patata?
