Los jueces son como los demás mortales.
Algunos, incluso, más imperfectos que los demás mortales. Por ejemplo, la magistrada de Denia, Laura Alabau, reincidente en no querer casar a dos homosexuales. Y hasta el Tribunal Constitucional, que deja en la calle a Alberto Cortina y su primo, Alberto Alcocer, quienes estafaron a sus socios 42 millones.
En otros países, como Estados Unidos, a partir de cierto nivel competencial los jueces deben ser elegidos para su cargo, como cualquier político. Así los ciudadanos saben de antemano de qué pie cojean.
Aquí, en cambio, nos enteramos después, cuando hacen un manifiesto, como el de los 134 magistrados en contra de la política del PP. Están en su derecho, claro. Pero seguro que juzgan los mismos casos en sentido contrario que otros.
Puestos a aceptar la subjetividad judicial, y a falta de elección de los miembros de la judicatura, que al menos nos dejen elegir quién ha de juzgar nuestros pleitos. Así, al menos, sabremos a qué atenernos antes de que la sentencia nos coja por sorpresa.
