A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Algo habrá hecho mal la Iglesia

De los miles de artículos que llevo escritos, el que más irritación había producido hasta hace poco es uno publicado hace dos años: Si Estados Unidos no existiera, era su título. Se trataba de un breve texto digamos que de política ficción. La tesis, muy sencilla, era que sin el gran país de Jefferson y Madison, Franklin y Lincoln habría menos democracia y libertad en el mundo y hasta Hitler podría haber ganado la II Guerra Mundial.

¡La que se armó! Los lectores me llamaron de todo menos guapo. Y es que los Estados Unidos producen una masiva e irracional animadversión, jamás sustentada por argumentos suficientes.

Pues bien. Un artículo más reciente, publicado en la revista diocesana de Valencia, Paraula, hace sólo un par de meses, ha provocado una reacción más urticante, si cabe, al colgarlo en un blog, ya saben: en uno de estos cuadernos de bitácora cibernéticos que tanto se llevan ahora. El texto en cuestión se titulaba El cristianismo “mete miedo” y en él reproducía algunas muestras de descalificación hacia la religión cristiana, hechas incluso por supuestos creyentes, frente a una tolerancia absoluta y suicida hacia lo que proceda de otros pagos, como el Islam, pongo por caso.

En esta ocasión, vaya por dónde, las críticas de los cibernautas no han sido hacia mi modesta persona, sino que han ido concretamente contra la Iglesia Católica como institución, poniéndola a parir, como vulgarmente se dice.

Uno, en su ingenuidad, creía que a estas alturas los tópicos históricos, la leyenda negra y otras fantasías anacrónicas sobrevivían sólo en libros ya descatalogados, en la prédica revanchista de líderes andinos como Evo Morales y Hugo Chávez y entre los guionistas de Hollywood. Aun ahora mismo, en una reciente película norteamericana se aludía a “la Inquisición española” como paradigma absoluto de la crueldad y la infamia universales.

Pues parece ser que no, que la leyenda sigue viva.

No transcribo aquí los comentarios de los opinantes del blog porque algunos de ellos son literalmente indignos de ser reproducidos. En resumen: la Iglesia, para ellos, es una institución perversa y represiva, que trata de suplir su ignorancia con la prohibición. Esos comentaristas hallaban en la generalización la excusa con la que evitar el análisis y confundían deliberadamente las anécdotas concretas con una visión de conjunto. Vamos, como el antiamericano que se ampara en la política exterior de George Bush para criticar los hallazgos científicos de Harvard, pongo como ejemplo de absurdidad.

Al ver tamaña destemplanza ante un artículo intrascendente, entendí en seguida las antañonas quemas de templos —sobre las que nada se dice por cierto en la parcial e interesada revisión de nuestro pasado colectivo—. Menos mal, pensé, que la moda actual no va por ahí, probablemente por la escasa afluencia a la liturgia dominical. De momento, lo que se lleva es impedir la expresión de determinadas ideas en foros universitarios que presumen de liberales, lo cual tampoco está mal como paradigma de la intolerancia.

Pero no hay que echar la culpa exclusiva a los demás.

Seguramente la Iglesia también es responsable de la imagen que ha quedado impresa en la retina de muchos de sus antagonistas. No soy yo quién para hacer un juicio sobre las intenciones de los demás. Pero sí sé que la Iglesia no se acerca con formas atractivas y actuales a la sociedad laica de hoy. Si no fuese así, no se producirían las defecciones a gran escala que vienen sucediendo en este país.

No se trata, Dios me libre, de entrar en consideraciones teológicas o doctrinales a las que soy absolutamente ajeno. Pero al igual que un escritor puede analizar los comportamientos políticos, las estrategias de los partidos o las leyes de un Gobierno, también puede opinar sobre las lapidaciones islámicas en Afganistán o los textos del Episcopado en España. Y que nadie pretenda ver en esa frase cualquier atisbo de comparación.

A mí me gustaría que la imagen pública de la Iglesia se correspondiera con el mensaje evangélico de justicia, paz y caridad y que lo hiciese con unos modos y maneras de nuestro tiempo. Pero me temo que eso no es así y que para muchos cristianos —creyentes o vristianos agnósticos, que resulta que, como Oriana Fallaci, también los hay— supone una dolorosa e injusta situación que la Iglesia tiene que ser la primera interesada en remediar.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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