Ortega y Gasset opinaba de los embajadores que eran unos analfabetos aunque, eso sí, hablasen varios idiomas. La suya era una maledicencia inocua, ya que los miembros del cuerpo diplomático siempre han estado muy preparados y han realizado un trabajo delicado e imprescindible.
Imagínense, por ejemplo, qué habría sido de España durante el siglo XVII en Suecia, a donde se tardaba semanas en llegar, si no hubiese sido por el embajador Antonio de Pimentel, quien dio lo mejor de sí a la reina Cristina, como inmortalizó Rouben Mamoulian en su inolvidable película con Greta Garbo.
Ahora, en que gracias a las telecomunicaciones la diplomacia la llevan directamente Rodríguez Zapatero y sus homólogos, las buenas embajadas se han convertido en sinecuras para ministros cesantes, como Cristina Narbona o Joan Clos, con el consiguiente cabreo de los miembros de La Carrière. A los pobres, en vez de ligar con reinas, sólo les queda ya negociar con piratas somalíes. Y, claro, eso no es plan.
