Si yo fuera ministra de Defensa, no podría estar embarazada. Obviamente. Pero no es ésa la cuestión.
De lo que se trata es de la actuación de nuestra Armada en el rescate de los pescadores españoles secuestrados por piratas somalíes. En estos casos, los principios básicos son dos: lo primero, la liberación sanos y salvos de nuestros compatriotas, y lo segundo, que aquello que puedas obtener por las buenas no lo logres por las malas. Conseguidos ambos propósitos, hay que felicitar a la ministra Chacón.
Pero también hay que felicitar a los piratas, qué demonios.
Resulta que los bandidos se han llevado por la cara y con un mínimo esfuerzo un millón largo de dólares. Eso, tras haber violentado a unos pacíficos ciudadanos, haberlos amenazado, retenido contra su voluntad y vejado física y emocionalmente. Además, con absoluta impunidad. Si a partir de ahora no reiteran sus abordajes con redoblada frecuencia, es que deben ser unos seres angélicos. Y no parece que sea así.
Lo que sí comienza a ser cierto es que el Gobierno de España lleva camino de convertir a nuestro Ejército en una ONG pacifista, como se encarga de repetir todos los días. Para ese viaje nos sobran alforjas o, al menos, fragatas, acorazados y aviones de combate: con buques cisterna y aviones de carga tendríamos suficiente.
Un Ejército, hay que decirlo ya, debe ser un instrumento disuasorio y también intimidatorio. Debe estar prevenido para ejercer la fuerza, aunque lo deseable y utópico, claro, es que nunca tuviese que usarla. ¿Qué habría hecho, pues, servidor de ser ministra de la cosa o, mejor aún, el mismísimo Rodríguez Zapatero?
De entrada, pagar, qué diablos; aunque resulta mucho más eficaz y humanitario hacerlo al incapaz Gobierno somalí a fin de que que, ya que él no puede hacerlo, nos permita actuar por la fuerza en sus costas. A la larga, es más económico y más útil que ir abasteciendo de fondos a los piratas para que perpetren nuevas fechorías. Esos acuerdos de cooperación los tiene Francia con muchas de sus ex colonias africanas y no le va nada mal.
En el caso que nos ocupa, una vez liberados los rehenes, y estando a tiro como estaban sus captores, la obligación de cualquier Ejército es neutralizarlos para siempre.
¡Ya verían que pronto se le quitan las ganas a cualquiera de volver a secuestrar un barco de pabellón español! En cambio, ahora puede haber cola para asaltar hasta nuestros mismísimos barcos de guerra porque, en el fondo, no son más que pacíficas dotaciones de ayuda humanitaria.
