Con pocas horas de diferencia, hubo esta semana pasada sendas conferencias en Valencia de Jorge Alarte y de José María Aznar ante públicos obviamente bien distintos. Por puro azar, el ex presidente llegó al hall de su hotel cuando éste se llenaba de simpatizantes socialistas: la tensión, en aquel momento, podía cortarse con un cuchillo.
Me vino al recuerdo, entonces, la única vez que coincidí con Bill Clinton. Fue al borde de la cancha del Charlotte Coliseum, cuando la Universidad de Arkansas ganó la final de baloncesto. Ninguno de los que allí estábamos y a quienes espontáneamente nos dio la mano el presidente norteamericano se la rechazó. ¿Qué habría pasado el lunes si Aznar hubiese tenido una ocurrencia semejante? No quiero pensarlo.
Los dos escenarios de esta semana en Valencia, los dos actos, las dos audiencias tan diferentes escenificaban a pequeña escala esas dos Españas —o como queramos llamarlo, para no meternos en líos— que cada vez se muestran menos coincidentes.
Lo paradójico, no obstante es que si hacemos abstracción del autor y de sus citas, el discurso del secretario del PSPV-PSOE vino a decir, en su simetría, lo mismo que los de Paco Camps, pongo por caso. La diferenciación es que mientras el Presidente valenciano critica sin cesar a Rodríguez Zapatero, Alarte le reprocha las mismas cosas a Camps, a quien acusa incluso de “pensar que puede eludir el cumplimiento de la ley”.
Ese divorcio de creencias, de convicciones y de actitudes no sólo afecta por desgracia a nuestra clase política. La cobertura mediática de los dos actos antedichos en nuestra capital fue tan disímil y hasta tan contradictoria que quienes prestaron atención al primero pasaron del segundo y viceversa. Eso, no nos engañemos, contribuye a que los ciudadanos, condicionados por aquellos medios de comunicación en los que confiamos, tengamos cada vez visiones más contrapuestas de la realidad.
Lo curioso del caso es que tanto Alarte como Aznar reconocieron ese maniqueísmo en sus respectivas intervenciones. El primero advirtió que el suyo ha venido siendo sistemática y equivocadamente “el partido del no”. El segundo admitió que se necesita “recuperar una idea compartida de cómo queremos que sea nuestro país en el futuro” y “devolver el crédito al espíritu de concordia y el prestigio moral al consenso”.
Dichas apelaciones se hacen porque vamos precisamente en el sentido contrario.
El mayor y más preocupante ejemplo lo constituye la crisis económica que, a tenor de las previsiones de Joaquín Almunia, va a afectar a España más profundamente, a plazo más largo y con un coste superior al de los demás países europeos. Según esos pronósticos, a finales del año que viene tendremos el doble de paro que la media de la UE, un déficit presupuestario del 5,7 por ciento y una deuda pública cada vez más costosa de pagar y que puede hipotecarnos por toda una generación.
Un panorama con tintes no tan dramáticos como los nuestros es el que está llevando en otros países a una obligada concertación entre Gobierno y oposición. Justo lo contrario que aquí. En España, con un Estado con vocación cada vez más residual frente a las competencias autonómicas, Pedro Solbes y compañía van por su cuenta, mientras el PP hace un discurso paralelo para, entre unos y otros, no llevarnos a ningún sitio salvo a un posible desastre. ¿O es que beneficiaría en algo al PP llegar al poder a costa del indeseable colapso de nuestro sistema productivo?
El ejemplo en sentido contrario, de remar en un mismo sentido, lo tenemos esta semana precisamente en Estados Unidos, con el tan admirado y jaleado Barack Obama. El nuevo mandatario norteamericano no solamente no ha puesto a parir a George Bush —a diferencia de lo que hizo Aznar respecto a Felipe González y Zapatero con su predecesor—, sino que ha mantenido a alguno de sus ministros, como Robert Gates, y ha buscado también el asesoramiento de todos los ex presidentes vivos, sean del partido que fueren.
Y es que si no se suman esfuerzos se acaba por propiciar bandazos estériles, en la economía o en la política, algo de lo que huyen como de la peste países tan pragmáticos como Estados Unidos o Alemania.
Aquí, en cambio, como ya lo advertía hace décadas el libro de Fernando Díaz-Plaja El español y los siete pecados capitales, nos van las radicales actitudes maniqueas y nos chiflan el revanchismo sistemático, la constante revisión partidista de la Historia y la sustitución en puestos de responsabilidad de rivales competentes por correligionarios tontorrones.
Así nos va y, sobre todo, así nos puede ir en los años venideros.
