Un empresario amigo, impresionado por la prédica de Miguel Sebastián, ha sacado a su hijo de la Universidad de Stanford, aunque no ha conseguido convalidar sus estudios en España.
Sin amilanarse por ello, el hombre ha renunciado a comprar camisas italianas y zapatos ingleses, ya no bebe whisky y ha dejado de ir a su pizzería habitual y al bistró de los viernes por la noche.
Ha comprobado con tristeza que su jersey adquirido en Sabadell está hecho en Ceilán y que los zapatos de Elche son made in China. Ha vendido su Ford y su Peugeot y le han dicho que los buses públicos tienen motor francés y los vagones del metro son de Alemania. Al final ha decidido no salir de casa, ya que ignora si las baldosas de la calle son de Vila-Real o de Italia.
Lo peor no ha sido pensar que, en reciprocidad, no lograría vender en el extranjero su producción de cojinetes, sino que el Barça perdería a Messi, Eto’o, Henry y compañía. Entonces sí, entonces se ha dado cuenta de que lo del ministro es una solemne majadería.
