Estos últimos días, escolares españoles de secundaria se han sometido al examen del cuarto informe PISA, para evaluar los conocimientos comparados de alumnos de 57 países. En el anterior, los resultados no pudieron ser más desoladores: España ocupó el lugar 35 en conocimiento de la lengua, el 32 en matemáticas y el 31 en ciencias. Es decir, por la cola. Y, además, descendiendo respecto a los informes anteriores.
Es que aquí nos hemos pasado de progres respecto a la educación autoritaria del antiguo régimen y así nos va.
Lo bueno del caso es que todos somos conscientes del desastre y nadie hace gran cosa para remediarlo. Todo, por habernos instalado en lo que el ex ministro Joan Majó calificaba el otro día como “la cultura de la facilidad”. Según él, “la gente quiere que las cosas se le den hechas, y si no las consigue, protesta”. Al día siguiente, el nuevo ministro de Educación, Ángel Gabilondo, coincidía con él en creer “en el esfuerzo y la exigencia”, los cuales, argumentaba, “son valores de una sociedad emprendedora, que no quiere malgastar su talento”.
Vaya por Dios, me digo: la lógica comienza a abrirse un pequeño hueco en una colectividad que hasta ahora ha venido premiando la indolencia, el cachondeo y la pereza frente a la creatividad y el mérito: una colectividad que hasta ha permitido pasar de curso escolar con cuatro asignaturas pendientes.
Como comprobación de que estos criterios de trabajo, carácter, y excelencia vuelven a ser valorados, el presidente autonómico Juan Vicente Herrera acaba de ponderar el “esfuerzo, talento y compromiso” de los premiados el Día de Castilla y León, lamentando la “pérdida de importantes valores éticos, cívicos y democráticos”.
¿Por qué, pues, si queremos recuperar esos valores no empezamos a exigirlos ya en las escuelas y ponemos los medios para conseguirlo?
Quizá, porque nuestros políticos son los primeros en haberse instalado en esa “cultura de la facilidad” que critican de boquilla y no tienen arrestos para demandar “dedicación y disciplina” que, como admite el ministro Gabilondo, “no son valores de derechas”, sino propios del sentido común.
