El 75 por ciento de nuestra vida cotidiana se reglamenta por unos políticos asentados en Bruselas: nuestra vida y la de los ciudadanos de 26 países más. Se demuestra así, en esta época de exacerbados particularismos, que las personas somos más parecidas de lo que muchas veces creemos.
Extraigo tres importantes conclusiones más. Una, que hay que dotar a la Europa comunitaria de más peso político para no dejarla en manos de asépticos funcionarios. Otra, que los partidos deben enviar a la UE a diputados preparados y no a momias políticas de las que tratan de desembarazarse. Y tres, que si los ciudadanos no nos implicamos más en Europa no podremos quejarnos luego si toma un rumbo que no nos guste.
Todo esto es aplicable a los electores, claro, pero ¡qué decir de unos periodistas demasiado acomodaticios que miramos lo que pasa en Bruselas con la misma lejanía que si fuese Neptuno! En ese pecado de desinterés llevamos la penitencia de nuestra colosal ignorancia.
