La rocambolesca entrada y salida de la ilicitana Mari Ángeles Avilés en las listas europeas del PSOE ejemplifica algunas de las prácticas más siniestras de los partidos políticos.
En primer lugar, se ha producido en este suceso una prolija relación de deslealtades.
La inicia el alcalde de Elche, Alejandro Soler, al despedir sin más a Juan Caballero, cuyo mayor delito consistía en haber sido chofer de su predecesor y sin embargo enemigo, Diego Macià, de su mismo partido. Luego viene la despechada esposa del cesado, la concejala Mari Ángeles Avilés, quien no llega a protagonizar una moción de censura contra su propio alcalde porque el PP se lo piensa dos veces antes de propiciar tan traumático acontecimiento. Finalmente, tenemos la escasa firmeza de las convicciones políticas de la susodicha concejala, capaz consecutivamente de prestarse a defender las siglas de su partido en el Parlamento Europeo y, tras ser descabalgada de la lista, darse de inmediato de baja del PSOE.
Éste es, pues, un melodrama de traiciones sucesivas en las que el engaño máximo lo practican quienes convencen a la concejala de que abandone su puesto municipal para ir de diputada a Estrasburgo y, una vez consumado el hecho, dejarla compuesta y sin cargo pero, eso sí, conjurado ya el riesgo de que pueda atentar políticamente contra el alcalde ilicitano.
¿Quién es el autor intelectual de semejante fechoría?
Lo bueno del caso es que, en vez de abochornarse por ella, se la disputan con orgullo desde el cabeza de lista al Parlamento Europeo, Juan Fernando López Aguilar —para “evitar las repercusiones lesivas” de la participación de la concejala en el desvío de fondos municipales—, hasta la omnipresente Leire Pajín, pasando por el secretario general autonómico del partido, Jorge Alarte, e incluso el mismísimo Rodríguez Zapatero.
Como en las novelas de Agatha Christie, demasiados sospechosos para un solo crimen.
Lo que resulta más sintomático de este suceso, con todo, es la torticera utilización de las listas europeas como señuelo para enjuagues políticos partidistas, en vez de poner en ellas a los representantes públicos más capacitados. Así tenemos luego en Estrasburgo y en Bruselas a los políticos que tenemos, tomando la sopa boba, e incapaces ellos de defender en varios idiomas los intereses de los españoles.
Allí ha mandado el PSOE a Andrés Perelló, para dejar su vacante en el senado a Leire Pajín. Allí también intentó Jorge Alarte colocar al concejal valenciano Rafael Rubio, aunque no lo consiguió, ya que al parecer Madrid tenía otros planes. Allí va ahora Josefa Andrés, en lugar de la defenestrada Mari Ángeles Avilés, y deja su escaño en Les Corts a otra mujer, María José Mendoza, por aquello de la famosa cuota femenina.
Claro que no discurren mejor las cosas en el Partido Popular, donde Mariano Rajoy ha intentado mantener hasta el último momento al disciplinado Gerardo Galeote, pero su clamorosa implicación en el caso Gürtel lo ha hecho imposible. En cambio, no se ha cortado un pelo en cargarse al impredecible Luis Herrero, tan enredador y espontáneo el hombre, que hasta los malos de su última y reciente novela negra, El tercer disparo, son todos ellos del PP.
Y es que los partidos políticos no admiten ninguna broma. Vivimos y padecemos un sistema partitocrático en el que “quien se mueve —como decía el inefable Alfonso Guerra— no sale en la foto”. La lista de personajes mandados al ostracismo por haber tenido ideas propias frente a los omnímodos aparatos partidistas es larguísima desde que Alonso Puerta fuera destituido de sus cargos en el PSOE en el ya lejano 1981, tras haber sido el primero en denunciar casos de corrupción.
Los partidos quisieran que sus huestes se comportasen como ejércitos disciplinados, en vez de como individuos con criterio propio e ideas singulares con las que enriquecer el acervo común. Por eso, prefieren el asentimiento ciego a la crítica inteligente y, en consecuencia, se muestran más permisivos con comportamientos ilícitos que con actitudes díscolas.
Pero en ese pecado llevan implícita su penitencia. Creen que pueden obrar impunemente en cualquier actividad, ya sea manipular la historia de Mari Ángeles Avilés por parte del PSOE, o hacer la vista gorda en el caso Gürtel por parte del PP hasta que uno tras otro no tiene más remedio que dejar caer a los diputados madrileños Alberto Bosch, Martín Vasco y López Viejo.
Que no se crean, pues, los partidos que los ciudadanos no tomamos nota de sus tropelías: la última encuesta del CIS evidencia que todos los líderes políticos suspenden y que la peripecia delictiva de Francisco Correa le está pasando ya factura a las expectativas electorales del PP.
