Se ha dicho de todo sobre la indemnización estratosférica del consejero delegado del BBVA. Entre las exculpaciones de tamaña desmesura, se han usado inteligentemente dos. La primera, que una empresa privada es eso, privada, y por consiguiente puede hacer de su capa un sayo. Se obvia, sin embargo, que los fondos públicos que reciben estas entidades son para resolver problemas acuciantes y no para poner en casa a sus directivos.
La otra: que más cobran Pau Gasol, Fernando Alonso y otros sin que nadie ponga el grito en el cielo. Al decirlo, se ignora deliberadamente que la vida activa de los deportistas es breve, por definición, y que cobran esas cifras astronómicas por hacer algo, y no por dejar de hacer, que es el caso de Goirigolzarri y compañía.
Pero quiero añadir algo importante: quienes deciden sobre esas indemnizaciones millonarias no son los dueños de las empresas, es decir, los accionistas, sino los propios directivos, que se apropian de ellas y las usan para financiar sus ajustes de cuentas, como fueron en su día los despidos de Amusátegui y Corcóstegui.
