Me ha impactado la muerte de doña Rosalía Mera, que fuera primera esposa de don Amancio Ortega, el hombre más rico de España y uno de los más acaudalados del mundo. Ella misma era considerada la mujer más rica de España, ya que tras su divorcio pasó a tener un 6% de las prósperas acciones de Inditex, un imperio económico.
De la coruñesa doña Rosalía me llamó la atención que nunca olvidase sus orígenes humildes y que dedicase sus esfuerzos a las personas necesitadas de protección, entre ellas los discapacitados. Ella misma tuvo un hijo discapacitado lo que la concienció de esta realidad. Ni el dinero ni los oropeles de la vida pública la desviaron de estas inquietudes y supo mantener un estilo de vida muy discreto.
En doña Rosalía, cofundadora de Zara, pensaba yo unos meses antes de mi marcha de la cadena RIU en 2007…
Recuerdo que entré en el despacho de doña Carmen Riu Güell, la consejera-delegada, y sin venir a cuento, con un descaro que es muy mío (para lo bueno y para lo malo) le pregunté porqué ella, que era una de las mujeres más ricas de España, no consagraba su empresa a que fuera modelo de responsabilidad social corporativa. Así las otras empresas la seguirían, como pasaba en otros aspectos.
Tuve la clara sensación de que había pinchado sobre hueso pero hay preguntas que las haces cuando tienes la oportunidad o no las haces nunca.
La respuesta de doña Carmen fue difusa con las palabras pero muy gráfica con el lenguaje corporal. En resumen: que no se veía en ello. No creía que éste debiera ser su papel.
Agradecí la franqueza de la respuesta y nunca sentí remordimientos de haber formulado la pregunta. En todo caso, sí una cierta decepción por el coste de oportunidad: la pura orientación al lucro de la compañía privaba a muchos colectivos de todo el mundo de ayudas valiosas y esperanza de futuro.
También me di cuenta aquel día (y no era la primera vez) de la importancia de sentir amor por el dinero para ser un empresario ambicioso y expansivo. De la importancia de tener una dureza especial para no desviarte de tu gran propósito: la cuenta de explotación. Por ende me di cuenta también de que yo nunca sería un empresario de éxito. A lo sumo un profesional diligente, aunque un tanto antojadizo.