Julio imperial. De los que causan fragor con sus calores inmisericordes. Julio de los que marcan con sudor, cielos como brasas y el pequeño ahogo junto al asfalto barcelonés.
Yo recuerdo ya unos cuantos julios así. Es la tarjeta de presentación del verano. Hay que adaptarse. Hidratarse. Y acordarse de que igual que un día vino, otro marchará.
(Mis julios de los años 70 estaban repletos de matinales de básket a pleno sol, chorreando la camisa; era lo que tocaba: el subidón de las temperaturas que coincidía con el arranque del estío. Nada de cambio climático. Era así y punto).