Marichalar, dispuesto a ponérselo difícil a la Infanta Elena para conseguir el divorcio

La cuestión que más preocupaba a Don Juan Carlos llegó con el final del verano. En la pasada primavera, como informó El Semanal Digital, el Rey celebró un almuerzo íntimo con la Infanta Elena. En aquella larga sobremesa se habría abordado su estado de ánimo y el deseo mostrado en firme por la Infanta de acabar con la fórmula que se le recomendó, o impuso con discreción, ante la crisis en su relación con Jaime de Marichalar.

Para Don Juan Carlos es una crisis que le entristece por el cariño que siempre ha tenido hacia ella. Los invitados de las familias reales europeas quedaron conmovidas en el banquete de la boda de la Infanta en Sevilla por las palabras llenas de emoción y cariño que dirigió la Infanta a su padre y emocionaron vivamente al Rey, según informa El Semanal Digital.

La crisis en las relaciones entre Doña Elena y Jaime de Marichalar habrían comenzado desde el ictus que sufrió el duque de Lugo y que agrió su carácter. La estancia de ambos en Nueva York, donde fue tratado Marichalar, no sirvió para superar las tensiones entre ellos que bien pronto observaron personas próximas a ambos.

A su regreso a Madrid, Don Juan Carlos pidió paciencia a su hija. Pero la Infanta logró que al menos se aceptara la situación de divorcio ni ruptura con la fórmula escogida con cuidado de «cese temporal de la convivencia». Desde entonces el Rey cuidó los detalles con su hija como se mostró cuando ambos acudieron al regreso a la Monumental de José Tomás o la invitó a acudir a la final de la Eurocopa. Doña Elena fue quien obtuvo la entrañable foto de Don Juan Carlos y Doña Sofía levantando los brazos a Luis Aragonés al lograr la faena de su vida.

La Infanta, pese a todo, mostró su deseo de que al año de cesar la convivencia conyugal con Marichalar -algo que sucederá el próximo mes de noviembre- pudiera convertirse en realidad el comienzo de una nueva vida. Tras el verano, comienza a vivir en la zona que rodea al colegio de los marianistas de Madrid, «Santa María del Pilar»; estrena trabajo en el Instituto de Acción Social de Mapfre; y cuenta con un buen amigo -sus viajes a Ávila que tanto han dado que hablar-.

Pero el escollo para esa nueva vida, como temía el Rey, se encuentra en la beligerancia que tendrá el duque de Lugo -que cuenta con teclas que tocar en la alta sociedad madrileña- para que el divorcio sea complejo y arduo. La disputa no vendrá por la tutela de los hijos Felipe Froilán y Victoria sino por el tren de vida de Marichalar que no está dispuesto a perder bajo ningún concepto.

El duque teme, y con razón, que su posición sólida en consejos de adminstración, como el de la multinacional del lujo al que pertenece Loewe, ya no sea sólida. Los franceses, que controlan esta sociedad, tomarán buena nota si se produce el divorcio y el duque deja de ser una persona vinculada a los círculos de Zarzuela. Será una batalla jurídica muy dura para la que Marichalar contaría con el consejo de la abogada Concha Sierra y la Infanta, por su parte, con el bufete prestigioso de Uría y Menéndez.

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