Todo un rosario de reproches no bastaron para que cejara en su insólita actitud. La joven brasileña baila al son de la música de una iglesia en plena calle, frente al templo, mientras varios airados feligreses tratan de convencerla de que deje de hacer el indio y se largue.
La aludida hace caso omiso aunque, al final, opta por marcharse calle abajo de la misma guisa: desnuda y contoneándose como poseída.
La graba desde un coche un sorprendido marimonio, algo cotilla por cierto.