CRIMEN Y CASTIGO

El independentista abad de Montserrat y sus monjes ocultaron durante décadas sus abusos sexuales

El independentista abad de Montserrat y sus monjes ocultaron durante décadas sus abusos sexuales
Miguel Hurtado, víctima de abusos, y Josep Maria Soler, abad de Montserrat. EP

Muy ‘indepes’, muy ‘nacionalistas’ y con la boca siempre lleva de la palabra Cataluña, pero unos guarretes de tomo y lomo, que encima ignoran la ley (Con la Iglesia hemos topado: Los monjes de Montserrat rezan por los golpistas que pasarán ‘su segunda Navidad en la cárcel’).

Los dos últimos abades del monasterio de Montserrat, Sebastià Bardolet y el actual, Josep Maria Soler, conocieron desde 1999 la denuncia de abusos de un menor contra un monje, Andreu Soler, y no tomaron ninguna medida (Un párroco catalán cuelga del campanario la bandera de los piratas turcos islamistas).

Solo en 2000 el acusado fue trasladado a otro centro de la orden, El Miracle, en Lérida, pero la abadía reconoce, a través de su portavoz, Bernat Juliol, que no lo denunció a la policía, ni abrió ningún procedimiento canónico, según las reglas de la Iglesia, ni lo notificó al Vaticano (Mitin de Torra en un monasterio con la abadesa aplaudiendo a rabiar).

Ello a pesar de que la Santa Sede obligó desde 2001 a comunicar a Roma las denuncias de abusos. Tampoco se informó de los motivos del traslado al resto de los frailes (El Obispado de Gerona cede un espacio para homenajear a los golpistas presos).

Este monje, fallecido en 2008, era una personalidad muy conocida en Cataluña, pues fue el fundador en 1959 del grupo scout católico de Montserrat, los Escoltes de Servei, o Els Nois de Servei, y su director durante 40 años.

Tampoco se explicó a las familias y miembros de la organización los motivos de su marcha. La víctima, Miguel Hurtado, que sufrió los abusos cuando tenía 16 años y el fraile contaba con 65, ha revelado por primera vez su historia a los medios de comunicación.

 El monasterio de Montserrat, abrumado por el escándalo, ha decidido divulgar una nota reconociendo los hechos este 19 de enero de 2019.

Los abusos comenzaron cuando Hurtado tenía 15 o 16 años y Soler, 65 años. «Soler me observó durante casi un año y cuando vio que estaba pasando una mala época, se acercó».

Al principio quería quedarse con él a solas en lugares comunes, como el comedor. Pero un día se presentó en su habitación. De entrada, le habló de temas neutros:

«familia, amigos, escuela… pero luego sacó temas sexuales».

«Me subrayaba que no debía masturbarme… y al hacerlo también metía la mano bajo mi ropa interior y me decía que ‘esto’ era malo».

Los abusos se produjeron puntualmente cada vez que subía a dormir, durante un año.

«Algunos incluso ocurrieron mientras había otro chaval en la litera superior. La conversación que oía el otro chico era normal, pero no veía que con las manos «estaba abusando de mí», cuenta Hurtado para demostrar «la sangre fría» con la que actuaba. El acoso fue en aumento, hasta que un día «me besó».

«Comenzó en la mejilla y de ahí se fue hasta la boca y trató de meterme la lengua. Resistí apretando los dientes y dejando el cuerpo rígido, en una postura corporal de ‘no’ que no le importó».

Entonces, Hurtado aceptó lo que no había querido aceptar hasta ese momento: «Estábamos en Montserrat y él era un monje, pero aquello no estaba bien».

La primera alarma desoída por la abadía

Hurtado explicó lo sucedido a Josep Maria Sanromà y este, según le aclaró, lo elevó al abad Sebastià Bardolet. Sanromà le respondió días después que Bardolet le invitaba a explicárselo personalmente y que, después de hacerlo, «le daría un toque a Soler». También le animó a no dejar de subir a pernoctar durante los fines de semana, algo que se negó a hacer. En 1999 Hurtado estaba preparando la selectividad y eso le sirvió de excusa en casa para justificar su renuncia a regresar a la abadía. Soler no lo aceptó y comenzó a llamar a casa para convencer a su madre de que debía animar a Hurtado a volver a la abadía.

El segundo aviso, por carta

En el 2000 en Montserrat hubo cambio de abad: Bardolet fue reemplazado por Josep Maria Soler. Poco después, Hurtado cumplió los 18 años y comenzó Medicina en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).

Ese año le explicó a su madre el verdadero motivo por el que había decidido dejar los escoltas de Montserrat antes de tiempo. Tras averiguarlo, su madre envió una queja por carta al nuevo abad. Este respondió con una misiva dirigida directamente a Hurtado. Manifestaba tomarse «muy en serio» los «problemas» descritos por su madre y comunicaba que Andreu Soler había sido enviado al monasterio de El Miracle, propiedad de Montserrat.

El abad también llamó a su madre en diversas ocasiones, según Hurtado, para interesarse sobre el estado de su hijo y para «persuadirla» de que no presentara ninguna denuncia dado que ello obligaría a la abadía a ponerle un abogado al monje acusado. Sin la querella, Montserrat «podría gestionarlo internamente».

Tercera señal, reunión entre abogados

Hurtado cuenta que la forma que tuvo él de lidiar con aquellos recuerdos fue distraer la mente concentrándose en la carrera. A los 21 años, sin embargo, un episodio de Doctoras de Filadelfia, cuya trama giraba alrededor de un caso de agresión sexual, removió el trauma.

«Me pasaba las noches llorando, me aislé socialmente, me cabreaba por cualquier cosa… y comprendí que necesitaba ayuda».

Acudió a la Fundació Vicky Bernadet, la única que existía entonces para tratar a las víctimas de abuso infantil.

«Allí hice terapia de grupo» y, poco a poco, me fui «empoderando». En el 2003, «le escribí una carta al abad Soler, le detallé las secuelas que había sufrido y le pedí que pagaran mi tratamiento».

Esta vez, la carta la respondió el abogado de la abadía, antiguo decano del Col·legi de Advocats de Barcelona. Le invitaba a una reunión en su despacho. Acudió en compañía de su madre y de una letrada facilitada por la fundación.

Allí el abogado de Montserrat le hizo contar nuevamente la cronología de los abusos, «para buscar contradicciones». Después, ambos representantes legales acordaron que la abadía le entregaría a Hurtado 7.200 euros.

De aquel pago, sin embargo, no debía quedar ningún rastro, así que se lo abonaron en tres cuotas en efectivo, de 3.000 euros, 3.000 euros y 1.200 euros, para pasar por debajo del radar de Hacienda.

«Evidentemente, no me dieron ningún papel».

De aquel pago, Montserrat admite que fueron 8.600 euros, porque agrega las costas del abogado.

La prueba del pago

Tras acabar la carrera de Medicina, Hurtado se trasladó a Madrid para hacer la residencia de la especialidad. En el 2011, falleció su padre, cuando estaba en el último curso.

«Fue el desencadenante de otra crisis porque até cabos: no había tenido una buena relación con mi padre y Soler había aprovechado esa carencia jugando el papel de padre sustituto».

Hurtado se metió en internet a buscar información sobre Soler y descubrió que el monje, fallecido en el 2008, había sido homenajeado con la publicación del libro ‘Escoltisme i Montserrat’.

«Fue la última ‘tomadura de pelo’ porque sucedió 3 años después de que hubieran accedido a pagarme la terapia».

Hurtado visitó Montserrat por última vez en el 2015 para entregarle al abad un ejemplar del libro de Soler. «Lo cogió, lo observó y dijo que no tenía ni idea de que se hubiera publicado porque el editorial de la abadía trabajaba de forma independiente».

También se comprometió a retirarlo de las librerías y destruir todos los ejemplares. Hurtado le devolvió los 7.200 euros:

«como comprenderá, ya no puedo aceptar este dinero».

Todavía conserva un correo electrónico del abad en el que le informa de que la mitad de esa cantidad económica ha sido ingresada en la fundación Vicky Bernadet. Hurtado y el abad no han vuelto a hablar.

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