Barcelonistas de España . El Barça is not Spain (II)

En los días gloriosos de Simonssen y Quini, también yo era del Barça cuando jugaba con un equipo extranjero. Y estuve en las Ramblas la noche del 82 en que el equipo del Brujo conseguía alzarse con la segunda Recopa para el club. En aquellos años iba con frecuencia al Camp Nou, y acabé empapándome de ese sentimiento de lealtad, equiparable al ‘manque pierda’ bético, que tanto ha hecho por la vertebración entre los catalanes de origen y los llegados de otras regiones. Como las derrotas unen más que los éxitos, o al menos que los éxitos continuados, porque sirven para alimentar victimismos, los constantes fracasos del club con más socios del mundo fueron forjando una comunión inquebrantable, que además resultaba muy útil a las castas superiores para fundamentar su dominio. Y aunque no era lo mismo ir a los palcos de la burguesía, que a las gradas con prismáticos, en el Camp Nou se producía cada domingo esa ceremonia mágica en la que todos se igualaban, en la que el ¡Visca el Barça!, gritado con acento de todos los sures, hermanaba a los dueños de las fábricas y a sus obreros charnegos. Luego unos iban a Pedralbes o Sarriá, al Ensanche norte o a las torres (chalés) de la montaña, mientras los otros se iban al Casc Antic, en cuya frontera vivía servidor, a Hospitalet o al Carmelo, cuna chabolista y escenario de la verdadera segregación no escrita que desde siempre se practicó en Cataluña. El Carmelo, sí, la colina hundida, enterrada en el silencio decretado por esos grandes defensores de la libertad que son los socialistas catalanes, loado sea el régimen de ZaPatero que ha enterrado en hormigón la dignidad de los pobres.

En pocas cosas más se ha producido esa convergencia democrática que muy poco tiene que ver con un partido de igual nombre, el de Pujol, el cual representó siempre justo lo contrario: la prevalencia clasista de los catalanohablantes sobre la inmigración de lengua castellana. El mismo partido con el que hoy ZP se siente tan contento, ahora que Mas y Durán se le aparecen como felices aliados. Gracias a la España siniestramente estúpida que hemos construido, CiU vuelve a ser dueña y señora, gobierne quien gobierne, disputada llave maestra que seguirá obteniendo prebendas para la peor Cataluña, mientras las usa contra la mejor. Y lo terrible es que, después de la experiencia nazionalsocialista del PSC-PSOE, es lo menos malo que nos puede pasar a todos.

Pero tras treinta años de asfixiante nacionalismo, de exigencia de adhesión a su imaginario simbólico para todos los que allí viven, aquella Cataluña y aquel Barcelona, aunque llevaran ya en ellos los gérmenes de su gravísima enfermedad moral, tienen poco que ver con los que yo conocí. El Barcelona, uno de los elementos esenciales de ese imaginario, es hoy, en efecto, mucho “más que un club”, ha pasado de encarnar un catalanismo sentimental –algo muy parecido a lo que cualquier otro equipo de fútbol- a ser un arma política utilizada sin pudor por el independentismo: la ostentación de una superioridad incontestable sobre esos españoles subdesarrollados, tan espléndidamente descritos hace poco por ese filósofo sutil que es el bufón Rubianes, y cuya exaltación y plenitud han llegado hace tres días en ese París coronado de “senyeras” y “esteladas” (la enseña con una estrella en el triángulo superior, que representa la independencia), mientras la única bandera de España -tal y como ponía de relieve Periodista Digital- la portaban los padres del sevillano y gitano Reyes, que eran, al parecer, los únicos Reyes de España sin vergüenza de serlo. Señores Reyes de Sevilla: los españoles, aunque ya quedamos pocos, tenemos una deuda con ustedes.

Y así, lo que venció el pasado miércoles en Saint Denis, con su ayudita arbitral, que parece que en todos los campos hay un ZP de negro o un Montilla de la Caixa , no fue pues un buen equipo de mercenarios brasileños con un par de independentistas y un camerunés tonto de capirote, sino la nación catalana, la soberanía fiscal, el fin de esos parásitos españoles que impiden desarrollarse a la estupenda Catalunya, la autodeterminación, la prohibición y expulsión a las tinieblas de la lengua española, el estatut, en fin. Es decir, la confirmación del poder de la casta y la gloria de sus símbolos. Y la hegemonía sobre España, el verdadero objetivo de cuanto viene ocurriendo.

Y no lo digo yo. Lo han dicho Mas y Saura, que esperan que ahora vaya a votar ‘sí’ en el referéndum mucha más gente. Y el propio presidente del club, Laporta, que nunca ha ocultado su pasión independentista por los Països Catalans y la Esquerra de Carod. Y lo dicen cada domingo con el “Catalonia is not Spain” que, por supuesto, se han encargado de mostrar a todo un mundo mundial que se habrá preguntado, estupefacto, qué pintaban entonces el matrimonio Borbón y el aliador de civilizaciones en la fiesta. Y, sobre todo, de qué capullo se reían.

Asumo que haya forofos del Barça en Cataluña, claro. Con él nos escupen todos los años usando nuestra propia Liga para promocionarse. También hay muchísimos catalanes –son los que de verdad lo sufren- hartos de la ocupación sentimental, y hasta física, que el Barcelona representa como arma nacionalista, como encarnación ‘holiganista’ de la política. Pero, lo confieso, una de las cosas para mí más misteriosas, después de todo lo que llevamos visto, es la existencia de barcelonistas en el resto de España. Conozco hijos de agricultores, que a este paso tendrán que regar con “la copa de los meaos”, como decíamos de pequeños, y que salen a tirar cohetes cuando vence la representación simbólica de quienes los desprecian, de la región presidida por un tipo que hace años acuñó el lema progresista y solidario de “ni una gota de agua para el Sur”.

La única respuesta que encuentro es que el mundo está lleno de tontos y lo seguirá estando. Eso sí: aquí pueden serlo y no ocurre nada, faltaría más. En Cataluña, al revés, no es posible. Habrán ganado la copa de Europa, pero puede que también hayan abierto un poco más la puerta al fanatismo neonazi que los está destruyendo. El 18 de junio lo sabremos.

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