El pasado martes presenté en la ciudad en la que vivo, Murcia, mi último libro, «ZETAPAÑA. Naciones para todos», dentro de las actividades del Club La Opinión, mi periódico. Amigos y lectores llenaron el Salón de Actos del remozado Museo Arqueológico de la ciudad, la vieja Casa de la Cultura donde hace casi treinta años se celebró el Primer (y único, hasta hoy), Congreso de Escritores Murcianos que dio inicio a nuestra particular «movida». Esta es una crónica de homenaje a quienes me acompañaron.
El martes pasado me dio la vida uno de esos días de oro en que uno siente que no se ha equivocado por completo. O que, al menos, los errores cometidos lo fueron siempre por y desde la libertad. En la vieja Casa de la Cultura me acompañaban esa tarde mi mujer y mi hija, algunos buenos amigos y, sobre todo, las personas que sin conocerme personalmente acudieron para hacerme sentir que “la soledad del escribidor”, parodiando el libro de moda, no es tal. “Yo no digo mi canción/ sino a quien conmigo va”, como el marinero del romance, en esa literatura que hoy negamos a nuestros jóvenes mientras los adoctrinamos “en valores”, en lugar de enseñarlos a leer y ser libres.
A lo largo de estos tres últimos años he sufrido muchas veces esa sensación de soledad. Pero no podía hacer otra cosa que denunciar a quien creo uno de los más dañinos gobernantes de nuestra Historia, un sectario, resentido y santurrón, que nos bañaba en la hipocresía de su almíbar, mientras iba pactando el trile de construir una confederación de naciones desiguales donde se había encontrado una nación de iguales, regionalizada, pero todavía única. Y que hoy, falso entre los falsos, se acoge a Bono para ponerle una banderita de España y salir a engañarnos otra vez. Eso y la cizaña de afán totalitario que ha sembrado sin pudor, es Zetapaña. Un libro que empecé a escribir hace muchos años, desde casi mi primer artículo, cuando vivía en la Barcelona de los inicios del nacionalismo y ya percibía los desastres que iba a producirnos. Lo que nunca imaginé es que llegaría a ver a un presidente del Gobierno que, en alianza miserable con lo peor de ellos, incluso concediéndole un papel de interlocutor político al terror, trazaría para España su disolución práctica a cambio de un régimen personal y partidario sin alternativa posible. Si me hubiera callado, no sería más que otro cómplice.
El martes me honraron acompañándome en la mesa dos de los más notables murcianos de hoy: el escritor Santiago Delgado y el también escritor, y consejero de Cultura, Pedro Alberto Cruz. La situación me la narró perfectamente mi hija Carmen, que tiene diez años y es una preciosidad. “Con el señor de la izquierda, que era muy gracioso –fíjate, Santiago, tú, que eres un tímido-, te reías y estabas muy colorado. Pero después te pusiste serio”. Así fue. Pasé del rubor y la sonrisa por el retrato del amigo, en el que también él se reflejaba –esos viejos rockeros de los setenta que seguimos al pie del cañón libertario, del antifranquismo al antizapaterismo, es decir, donde siempre-, al asombro por el desguazamiento astifino de mi escritura que hizo Pedro Alberto.
Al primero, a Santiago, ha empezado a llegarle estos días un reconocimiento que ya se hacía esperar. Profesor de Literatura por vocación, ha sabido sobrevivir con una sonrisa sabia a la destrucción de nuestro oficio. Pero su vida siguen siendo la literatura y Murcia, el territorio al que se empeñó, desde sus inicios, en convertir en escenario literario normalizado, un marco sobre el que crear una literatura desacomplejada y propia. Otros lo hiceron también, pero quizás no con una intención tan sostenida.
Ahora acaba de sacar al mercado su “Zarangollo de murcianos”(Edit. Almuzara), una obra aparentemente menor, un divertimento sobre nuestra ‘desidentidad’, que sin embargo está llamada a convertirse en referencia. Nunca le agradeceremos bastante que haya sabido hacer dos cosas en ella: intentar entender a los que no somos estrictamente murcianos (caravaqueños, lorquinos, jumiyeclanos -¡no me asesinéis los dos!-…), abrirse desde esta Murcia tantas veces ignorante de lo que la rodeaba hacia esas castiandalucías que somos otros; y viceversa (yo ni siquiera había oído en mi vida la palabra zarangollo antes de venirme a vivir aquí). Y combinar un amor apasionado por su tierra con la ironía para describirnos sin complacencia nacionalista, esa estupidez destructiva de la que Dios, a cambio de no darnos agua, supo librarnos. Municipales y espesos, nos quiso sedientos, pero no gilipollas.
En cuanto a Pedro Alberto, se me cambió la cara, sí. Seguramente porque era la mía, pero he escuchado pocas veces un análisis tan preciso, estructurado y profundo de lo que revela una escritura sobre quien la construyó. Si algo perseguí siempre fue un lenguaje periodístico con todos los recursos y la intensidad de la poesía. Y allí estaba Pedro Alberto desnudando ese proceso mucho mejor de lo que yo mismo hubiera jamás podido hacer. También, como Santiago, como hacemos siempre cuando nos confesamos a través de los amigos, quien a mi lado se refería a mí, con su hablar pausado, ordenado, exactísimo –la virtud del escritor auténtico-, lo que en verdad revelaba era su amor obsesivo por el lenguaje. Por todos los lenguajes, a cuya comprensión ha dedicado su vida antes de dedicarla a hacer posible que se produzcan y nos lleguen a todos, en una utopía democrática que sólo cabe en un ilustrado verdadero.
Pedro Alberto es un lujo para esta región. Su proyecto es excepcional. Y aunque se equivoque, que lo hará, si el mundo de la cultura, tan lleno de monigotes camuflados entre los auténticos artistas, no es capaz de percibir que estamos ante alguien dotado de inteligencia, vocación y energía como no tuvimos nunca, entonces mereceremos seguir siendo el ignorado paraje a que algunos quieren condenarnos. Muchos querrán usarlo, politizarlo, en su peor sentido, hacerle ‘bajar el nivel’. No lo consintamos. ¿Crítica? Siempre. Desde la lealtad, desde la evidencia de estar ante una oportunidad histórica. Y hay pueblos condenados a no tener “una segunda oportunidad sobre la Tierra”.
Gracias, de corazón, a todos. A los que me acompañaron aquella tarde y a ustedes por seguir estas crónicas, que les pertenecen.