ZUTOPÍA

Ayer se prohibieron las Corridas de Toros. Hubo alguna oposición de gentes de la derecha extrema, saltos delante de las policías en algunas de las Federaciones del sur y en la siempre reaccionaria Castilla, y ciertas conversaciones airadas en algunos bares antiguos, de esos en los que aún se bebe vino, pero siempre bajo el control de agentes progresistas encubiertos tras las cabezas de toro disecadas que suelen presidir estos nidos de facciosos. Poca cosa. La medida se había preparado muy bien, con importantes intervenciones públicas de los presidentes de las cuatro naciones del Estado, una declaración conjunta del Congreso y del Senado Plurinacional, y la toma de las calles por las juventudes zeta -con sus brillantes camisas negras cruzadas con la roja Z del progreso-, encargadas de dar contundente respuesta a las posibles apariciones de elementos contrarrevolucionarios y partidarios de Jesulín. Hoy ya toda la vieja Iberia está regulada según el modelo catalán, nación pionera en la expulsión de esta bárbara costumbre, digna del público repudio según los valores que nuestro líder ha ido enseñándonos en estos años de su gloriosa Era. La Zera.

La medida representaba un hito necesario, por su valor simbólico, del ideal que el Zaudillo se propuso a partir de su Quinto Año Ejemplar: unos españoles nuevos para una España nueva, empezando por el nombre. La Nueva Asociación de Estados Subpirenaicos Postindependientes se imponía a sí misma la necesidad de cambiar desde la raíz todas las costumbres y tradiciones que pudieran obstaculizar la llegada del Nuev@ Hombr@ Zapater@.

Por supuesto, no nos referimos a las costumbres que formaran parte de la indiscutible idiosincrasia nazional de Euskalherría, Galiza y Catalunya, sino a todas aquellas que habían sido usadas en los siglos anteriores para uniformizar y oprimir las naturales expresiones culturales galeuscanas: los toros, el vino, las semanasantas, el flamenco y las rumbas –salvo la catalana y Peret-, la Navidad, los belenes, la matanza del cerdo, que además del colesterol resultaba muy ofensiva para la comunidad islámica, los moros y cristianos, los apartamentos en la playa –menos el del Gran Conductor-, los pasodobles, sobre todo “Suspiros de España”, y la malafolla o malafollá, malaje o malaleche, el encabronamiento y los tacos, tan hispánicos, pues suponían una radical negación de lo que el presidente Zapatero había nuevoamanecido para los antiguos españoles: la sonrisa obligatoria, es decir, la sonriZa, que tanto bien iba a hacer a la convivencia, la tolerancia, la multiculturalidad, la alianza de las civilizaciones y la Paz.

Estábamos ante el inicio de una Gran Revolución Mundial: tres mil quinientos millones de ciudadanas/anos, escribiendo con barritas y eternamente sonrientes (con sus correspondientes tres mil quinientos millones de comisarios de la SonriZa detrás) traerían al mundo una época de concordia sin parangón. Y todo gracias a Z, el Grande, el Magnánimo. Bueno, tod@s, no, porque las musulmanas irían con su burka, esencia multicultural que hay que respetar, y sólo les sonreirían a sus amos, que es lo progresista.

En la vieja Sepharad, y en aras de la Nueva Armonía, quedaban prohibidos los judíos –había sido una petición muy razonada del Bloque Galizante y la Junta Alcaédica- y la Iglesia Católica, eterno clamor de las fuerzas de Progreso a las que se había evitado de esta manera la exigencia moral de apostatar, que lleva muchos trámites. La recién creada Ley Máxima para la Asociación de las Naciones Subpirenaicas regulaba una lógica relación asimétrica entre las Cuatro, que compensara el viejo expolio a que los pobres habían sometido a los ricos trabajando para ellos, para lo que establecía que cada Estado podía decidir la vida y las características morales de sus ciudadanos, salvo en los antiguos territorios opresores, donde las políticas se determinaban en la Conferencia de los Cuatro Presidentes y en el Senado Multicultural. Con la Hacienda se hacía lo mismo: la de ellos era de ellos y la nuestra, de todos.

Estaba muy claro para las fuerzas progresistas de los Territorios Culpables, y para los nazionales de la explotada Galeusca, que lo que había que erradicar no eran las nobles tradiciones de estas viejas naziones negadas (la sardana, el aurresku, la butifarra, la sopligaita y la “corrida del español”, un deporte universitario de gran éxito en esas tierras), que habían sido declaradas actividades obligatorias para la obtención de las ciudadanías respectivas, sino esas tradiciones estúpidas y carpetovetónicas de las que los Toros habían constituido emblema supremo.

Se promulgó, por tanto, la obligatoriedad de consumir sólo productos ecológicos, bajos en calorías, etiquetados en las tres lenguas oprimidas (el castellano o español se declaraba lengua íntima y no debía usarse en presencia de otras culturas) y producidos en la Galeusca o Galeuscat en su más reciente configuración. Todos los bancos fueron adquiridos por la Caixa y se decretó igualmente la inmersión lingüística en catalán oriental, euskera batúa y galego lusista para los niños de las Tierras Irredentas de lengua española. Las regiones de Madrid, Murcia y Valencia fueron declaradas a extinguir, por lo que pasaron a ser protectorados de Catalunya (Valencia), Galiza (Madrid, por lo del pescado) y del amigo marroquí, a cambio de Ceuta, la de Murcia. La población del Mediterráneo sería determinada en función de las aguas propias, y el resto sosteniblemente trasladado siguiendo los interesantes modelos de reubicación de poblaciones del padrecito Stalin, de quien Z pensaba que no había sido bien entendido.

Confiar en los Estados, en la Nueva Cooperación de Fuerzas naziprogresistas, en la providencia que la Administración suponía, en que todas sus medidas estaban aconsejadas por expertos psicólogos, pedagogos, cineastas y sociólogos zapateristas, es lo que Z nos pidió un día. Confiad en mí y pagad el Canon, nos dijo, que yo sé lo que os conviene, pues soy Bondad y Modestia, Paz y Frialdad (climática). Sed como yo y todo lo obtendréis. No penséis y seguidme, que yo os clonaré y ya no habrá conflictos ni disidencias ni mal. Y eso hicimos. Hoy Z nos dice lo que es real y lo que no, lo que debemos ver y lo que no, lo que podemos sentir y lo que no. Y somos feliZes. FeliZes. La cumplida Zutopía.

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