Contra todos

Aburren. Más que una gangrena. No es ya desesperanza, más bien spleen, melancolía, una mueca de sarcasmo, un dolor leve por la España que alguna vez soñamos y que hoy estamos despidiendo, deshuesada como un mueble viejo, por una clase política que es, en efecto, eso, una clase, un estamento de ácaros autónomos anclada al polvo de lo que un día fue una nación. O quiso serlo. Acabaremos pidiendo votar como en Rusia, donde hasta las últimas elecciones (las de recuperación definitiva de la ‘nomenklatura’ soviética, transmutada en muchimillonaria) había una papeleta específica para votar contra todos. No en blanco, sino así, contra todos.

Ya no nos queda ni siquiera esperar la democracia, la ilusión de nuestra adolescencia con la que nos engañaron, porque ya ha venido. Quedará para la historia averiguar cómo la democracia, que eran la libertad y la igualdad, sirvió en España para burlarlas, para determinar las penas según el sexo de las personas, como en la Ley islámica, pero al revés; para establecer privilegios fiscales, derechos y deberes diferentes, sanciones por usar la lengua de todos o tribunales corrompidos al servicio de un Gobierno que avanza cada día más en su intento de someter hasta nuestra intimidad, nuestros vicios, nuestra conciencia, mientras algunos, los mejores, siguen dando su vida por un sueldo de miseria y una patria que ya no existe.

Lo que nos estamos jugando con la manida crisis del Partido Popular no es la supervivencia de una fuerza política, sino algo mucho más trascendente: si quedará alguien, capaz de gobernar, que haga frente a los nacionalistas, en lugar de sumarse a ellos -como ha hecho el socialismo impostor-, y defienda la libertad y la igualdad para todos los españoles. Es decir, si pervivirá el sintagma “los españoles” o, definitivamente, toda la clase ácara se habrá sumado al nuevo paradigma plurinacional y ya seremos para siempre “los ciudadanos a nivel de Estado” o alguna acuñación aún más hortera de la especialidad de la izquierda nazionalista y logsiana.

Los sicarios y propagandistas del Régimen siguen diciendo que España no se rompe. Claro que no. ¿Cómo van a romper los privilegiados con un sistema que les garantiza sus privilegios? Lo que quieren es consolidarlos, legitimarlos e incrementarlos. Y mantener siempre un horizonte de victimismo que, con la ayuda del PSOE e IU, les permita alimentar a sus bases y sostener sus dominios feudales. Ese es el sentido del Estado asociado vasco-navarro que Ibarreche persigue y que Zapatero le ofreció a la ETA en las conversaciones del monasterio de Loyola. Y del Concierto Fiscal catalán que Artur Mas acaba de anunciar para ver si consigue echar a Montilla, que ahora presionará a Zapatero para que se lo dé a él. Y así vivimos, incapaces de decir basta, chantajeados desde hace treinta años, con mil muertos y miles de familias destruidas, y peleándonos por ver quién les da más a los Mas.

Lo que sí se rompe, se ha roto ya con el Estatut, es la Nación española, esa que la Constitución consagra como única y sobre la que el Tribunal Constitucional será capaz de establecer que “donde come uno, comen dos”, y hasta tres o cuatro, por lo que en realidad lo que quería decir la Consti es que somos una única Trinación. Ya lo verán. Pero pasar de una nación a varias naciones tiene unas consecuencias muy fáciles de entender, incluso para seguidores de ZP: que se establecen distintos marcos políticos, distintos derechos y deberes, distintas ciudadanías, distinta ‘pasta’ y hasta distinta agua. O sea, la desigualdad y, con ella, un diferente grado de libertad y posibilidades para unos y otros. El de acceder a puestos de trabajo en función de la lengua que se hable, por ejemplo, y que hace que unos puedan moverse por todo el territorio plurinacional y otros no. O que se perciban diferentes salarios por el mismo trabajo; o que unas naciones puedan ofrecer más y mejores servicios que otras al ligarse su financiación a su riqueza, que es lo que ha establecido el Estatut que votaron, para cercar al PP, todos los sociatas que hoy se escandalizan ante sus consecuencias: cuanto más rico soy, más recibo. Auténtico socialismo en estado puro. Esto es lo que Zapatero ha traído a España para garantizarse la eternidad.

Y es lo que, tras su magnífica derrota, ha hecho enloquecer al PP y a Rajoy, si es cierto cuanto se dice. En lugar de optar por afirmarse en lo que les ha llevado a crecer y ganar en la España no nacionalista, y esperar a que a Zapatero le empiecen a estallar los huevos de serpiente nazi sobre los que ha edificado su Reich (negociación con la ETA, sociedad con el PNV, derogación del Trasvase del Ebro, Estatut y alianza con el catalanismo y el Bloque gallego), parece que han decidido ofrecerse como alternativa a Zapatero, pero no como alternativa a la política de Zapatero. Para que los nazionalistas, auténticos amos de Espainya, tengan donde elegir.

Y ahí es donde aparecen Gallardón y la “cláusula” Camps. Una oferta, Gallardón, para no discutir sobre principios y avanzar pragmáticamente, juntos, pero respetando los distintos ámbitos ‘nacionales’. Y otra de refundación de España, no sobre el fin de los desvaríos nacionalistas, que sería el auténtico proyecto para creer, convencer y vencer, sino sobre su extensión a todos, con la navarrización final de un PP que así regresaría a la tradición fuerista de la derecha española.

Si todo esto se confirma, los nazionalistas habrán alcanzado un completo triunfo: la España plurinacional y asimétrica, la fiscalidad separada y el mercado cautivo. La colonia. Recuerdo cuando comencé a viajar a Bilbao y luego a Éibar, en el año 71, y soñaba con que al llegar la democracia el tren de ganado en el que me montaba en Calasparra hacia Madrid sería igual de bueno que el que iba de Madrid a Bilbao, con camas y restaurante. Esas sí que eran las dos Españas. Hoy sé que nunca lo consentirán, que jamás nos dejarán ser iguales. Y que hace ya mucho que la izquierda traicionó ese tren de la igualdad, y que acaso también la derecha se prepara para hacerlo. Entonces ya no nos quedará más que, como los pobres rusos, votar contra todos. Y encima, dentro de poco, en Calasparra ya no habrá ni tren.

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