Frankenstein y el socialismo de los cuerpos privados

Hace escasos días, el genio del nuevo socialismo que dirige el Ministerio de Sanidad, Bernat Soria, producía uno de esos pensamientos con que el zapaterismo nos deja patidifusos mientras nos suben el euribor: “Tu cuerpo es tuyo, eso es socialismo”. También me gustaría que mi casa fuera mía, pensamos melancólicos. A mí me recordó, de imediato, una película española de los años de la Transición, cuando ya no se sabía qué inventar tras las Enmanueles y los despelotes de la Cantudo para llenar los cines, y que se llamaba algo así como “Devuélveme mi cuerpo” o “Mi cuerpo no es mío” o “Dónde andará mi cuerpo”.

Era una de esas pelis que tanto nos divierten a algunos, las de Jess Frank (Jesús Franco), Paul Naschy y algún otro con nombre eslavo que no recuerdo ahora mismo, que constituían auténticos panzones de reír entre hombres-lobo y vampiros que ni el gran Ed Wood se habría atrevido a filmar. En aquella a la que me refiero, a alguien le trasplantaban el cerebro al cuerpo de una tía buenísima, y no sé si lo que pretende el zapaterismo es hacer del PSOE un injerto entre la ministra Salgado, paradigma de toda estrechura, y Bernat Soria y sus afirmaciones ultralibertarias que hay que saludar con alborozo.

Hay que suponer que en el Gobierno de Essssspaña, Luz del Occidente, Faro de Descarriados, Ventana del Islam, se habrá abierto un importante debate, dadas las grandes cabezas que lo integran, sobre cómo hacer compatibles la prohibición de las hamburguesas, el vino, los toros, el tocino y “El emigrante” (“Adiós, mi España querida…”), de Juanito Valderrama, con que nos persiguieron en la pasada legislatura, con esta nueva doctrina del “hagáselo usted mismo”, revolucionaria en una ideología cuya finalidad fue siempre el control de los individuos. Y hasta de las lenguas en las que pueden hablar, como pasa hoy en la España-psoe. Podremos matarnos, pero en catalán.

Y por si era poca combinación, las afirmaciones de Soria han coincidido con la integración en el equipo de Pedro Saura , el líder socialista murciano, de un periodista que se autodefine como cristiano y que hasta ahora ocupaba un puesto relevante en el organigrama de la Comunidad, gobernada por el PP. Lo reseñable no es esto, pues profesionalmente cada uno busca lo mejor para sí -y sin duda para estar en un gabinete siempre es más atractivo atacar en busca del triunfo que defender lo conseguido-, sino las razones que Pedro J. Navarro ha esgrimido para su cambio. Al hacerlas públicas, al sostener la fundamental identidad de fines, la alianza irremediable entre socialismo y cristianismo que le han movido, le ha dado a su trasplante una relevancia que no tenía y, sobre todo, ha añadido pimienta a este socialismo que ya no sabemos en qué pijo consistirá.

Es cierto que socialismo y cristianismo son dos comunitarismos eclesiales en los que una jerarquía dirige la moral y las vidas de sus feligreses con la mano fuerte de la ortodoxia y la amenaza de la expulsión para los réprobos. Por eso los réprobos no militamos en ningún sitio. Pero el personalismo cristiano, su exaltación de la vida, su convicción de que todo lo que somos es un don recibido que no nos pertenece, nada tienen que ver con la concepción materialista y socialista de que todo es del Estado, concreción y arma del proletariado para su dominio histórico y la transformación social. Y, desde luego, menos aún, con la apología del cuerpo privado de don Bernat.

Ayer mismo los noticieros destacaban algo sobre lo que el Gobierno y el nuevo socialismo deberían arrojar alguna luz: la detención de una red de tráfico de anabolizantes, o sea, de sustancias que toman los que quieren ser fortachones y tener esos músculos espantosos que siempre me recuerdan mi libro de Ciencias Naturales. ¿Y por qué cojones no se las pueden tomar si su cuerpo es suyo, querido Soria? Lo primero que tiene usted que hacer es legalizar el sadomasoquismo extremo, las prácticas de autocastigo que hoy se consideran un trastorno mental, la amputación voluntaria de miembros (y miembras), los asesinatos del caníbal de Hamburgo… todas esas cosas que la civilización ha considerado hasta hoy rechazables y contra las que formaba y prevenía a sus jóvenes. Es decir, la autodestrucción.

Me da la impresión de que en su afán por ocupar todo el espacio electoral, que ahora llaman el centro y antes llamábamos el poder, a secas, los partidos políticos se están convirtiendo en auténticos Frankenstein ideológicos, monstruos contradictorios en los que las ideas han sido sustituidas por la propaganda, en los que cabe cada cosa y su contraria. A mayor falta de escrúpulos, mayores posibilidades de gobernar un país alimentado por el Diario de Patricia.

Lo trágico es que las cretineces de Soria, su imposible convivencia con el cristianismo selectivo de Navarro y el protofascismo sanitario de Salgado, encubran algo tan serio como la necesidad de regular el dolor, de no alargar la vida más allá de lo que ella misma puede hacerlo. Y, sobre todo, se usen para justificar el aborto, el único momento en la vida en que nuestro cuerpo ya no es sólo nuestro.

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