Ha llegado a Barcelona el autobús de los ateos. La Unión de Ateos y Librepensadores, cuya sola existencia contradice el objeto de la misma, ha lanzado en diversas ciudades del mundo una campaña de publicidad que propone dejar de creer en Dios para gozar de los placeres de la vida sin calentarse la cabeza. (Eso delata su ignorancia del verdadero placer, pues nada es comparable a la transgresión, al pecado. Ya lo decía Rasputín mientras se trajinaba a la Zarina.) En Cataluña, sin embargo, dado el hecho diferencial, tienen sus propios ateos, ‘Ateus de Catalunya’, que no creerán en Dios pero sí en Cataluña, y que son los que han sacado el autobús allí, sin librepensadores, que ya se les han ido todos con Boadella al exilio.
También en Murcia, por no ser menos, gracias a una vibrante campaña municipal que dice “Yo creo, yo sí creo… en el reciclaje”, la fe ha quedado al parecer reducida a creer en los contenedores. De basura. La Santísima Trinidad ya no es más que el contenedor amarillo, el azul y el de cristal, tres contenedores distintos, etc. En la ciudad huertana sin Huerta, dado que la nación no se sabe lo que es por estos lares (antes estaba España, pero ahora ya no queda), no ha habido más remedio que limitarse a la fe en la concesionaria del tratamiento de residuos, que había sufrido una violenta campaña ecologista y sextista (de la Sexta, la TV catalanista de ZP) y estaba seguramente necesitada de ayuda divina. Ya decía Chesterton que cuando se deja de creer en Dios se puede llegar a creer en cualquier cosa.
In altri tempi, cuando yo era joven, estudiante de Filosofía y Letras, recuerdo que un día aparecieron en la puerta de mi casa un buen amigo y uno de sus compañeros de Medicina que había oído decir que yo era ateo y quería discutir conmigo sobre la cuestión. Hay que ver en qué cosas gastábamos el tiempo los zagales de aquellos días inquietos, cuando aún no había coca y hasta usábamos las anfetas para estudiar.
Mi ateísmo, juvenil y unamuniano, era entonces extrañísimo en aquel contexto en el que todos los ‘nuevos rojos’ de ahora acudían benedictinamente a sus obligaciones católicas. A los dieciocho años uno ha de ser –si lo es- ateo militante y polemista, algo que ya me había costado que me echaran del Colegio Mayor Belluga por oponerme a casi todo, entre otras cosas al Régimen, que no veía nada bien mis disquisiciones ateas con los soplones que don Luciano, decano franquistísimo, tenía sueltos por el Colegio y la Facultad, alguno de ellos destacado militante del sindicato socialista en cuanto cambió el viento.
Ejercer de ateo tenía entonces sentido contra un mundo que pretendía ordenar nuestras vidas y nuestras mentes. Algo cada día más parecido a cómo hoy el Nuevo Régimen impone su ideología y señala las creencias que separan a los buenos (la izquierda pía y nazionalista) de los réprobos, que somos, una vez más, los que nos negamos a que nos marquen el camino. Lo que nunca pude imaginarme es que ser ateo llegaría a ser una seña de identidad del sistema, de la corrección política, del Régimen sociocapitalista, hasta el punto de anunciarse en autobús. Al menos los comunistas eran más decentes (siempre fueron más malos pero más transparentes que la farfolla socialdemócrata que nos conduce con mano firme a la mierda, con perdón) y prohibían la religión y punto. Declaraban la muerte de Dios, joder, pero no la anunciaban en los autobuses.
Yo, qué quieren que les diga, prefiero a Dios aunque sea mentira, que a esta mentira que pretende hacerse pasar por Dios. Lo peor es que también sus partidarios han terminado por convertir a Dios en un artículo de rebajas, debe de ser la Crisis (escríbanla con mayúscula, que le joda más al Gobierno), y no se les ha ocurrido otra cosa a algunos cristianos integristas que contratacar con anuncios de signo contrario. Sólo falta que encierren a Dios en el Gran Hermano y lo sometan a votación.
A Dios deberíamos dejarlo en paz. Pero el zapaterismo ha convertido su combate en un señuelo para la perpetuación de su tiranía tontucia, y no pierde ocasión de distraernos con la otra vida mientras nos hunde en ésta. Es el nuevo socialismo medieval de los feudos y los barones. No sé si Dios existe, pero deberíamos vivir como si existiera. No estaría de más un poco de decencia, de esperanza. Y que existiera también el cielo y viviéramos allí para siempre con los que hemos amado. De pequeño lo imaginaba como un eterno arroz con pollo de mi madre. Una fiesta familiar alrededor de la lumbre con el pimiento morrón brillando sobre el amarillo azafranado.
También cabe imaginar, oh espantosa visión, que la otra vida fuera igual a ésta, con Zapatero sonriéndonos cada mañana antes de metérnosla doblada entre el fervor de sus adictos, y Montilla, Ibarreche y Touriño sentados a su vera inacabable, eternamente dando por saco con el hecho diferencial y la inmersión lingüística.
El infierno son los otros, nos enseñó Sartre, pero aquí el infierno son éstos, un Pepiño eterno, Leire Pajín engordando al mismo ritmo de sus embustes para todos los siempres, los artistas de la ceja persiguiéndonos con manifiestos ubicuos, los árbitros robando partidos para el Barça por toda la eternidad, los agentes de la SGAE controlando lo que vemos, lo que oímos, sin tabaco, sin toros, sin vino y sin tocino para no molestar a la morisma, con policías del Ministerio de Igualdad vigilando que pongamos barritas as/os en todos los textos. El infierno es una película de Tosar y Bardem con caras de malafolla en sesión eterna. Es una pesadilla interminable con Mariantonia Iglesias y Enric Sopena. Un sermón infinito del Padre Gabilondo acompañado de Maruja Torres y su sonrisa para darnos miedo.
Oh, Dios, mejor la nada. Apiádate, Señor, y mándanos al limbo donde al menos podamos esperar en dulce eternidad a que Rajoy se oponga.