Leo con sorpresa la sorpresa que le producen a Bibianita los últimos datos sobre violencia en las parejas. Parejas del género humano, se entiende, puesto que soy un antiguo y sigo creyendo que los hombres y las mujeres somos del mismo género y esa es la raíz de nuestra igualdad y nuestra dignidad compartida. Anacronismos de Gran Torino. El caso es que el 40 por ciento de los agresores de mujeres son hombres de menos de 30 años.
Y se estufa Bibiana: ¿cómo es posible, please, si han crecido en democracia y las leyes establecen lo correcto? Esta muchacha, además de haber vivido en la burbuja de sus privilegios de casta socialista andaluza, cree que la realidad se adapta a las leyes con sólo formularlas: los violadores y los pederastas como Nanisex se reintegrarán en la sociedad porque así lo determina nuestro código garantista y reinsertador; los etarras son hombres de paz o terroristas según el polvo legal del camino; y, por ejemplo, los chicos estudian y construyen su propio conocimiento de manera autónoma y feliz, sin exámenes, suspensos, disciplina, reprensión ni, en realidad, profesores, porque así lo han establecido los psicopedas progres y las logses. Lo que pase después no es cosa suya.
¿Tendrá algo que ver, ya puestos, la educación socialista con este ascenso del machismo más descerebrado entre nuestra juventud? ¿Será demasiado malvado relacionar los talleres de ‘manolas’ y follisque que han florecido por todo el territorio antaño nacional, no sólo este de Extremadura del que ahora nos escandalizamos tan fariseos como siempre, con la explosión de violencia hacia las mujeres? ¿Las peleas entre chicas, con numeroso público, que tienen lugar a la salida de nuestros institutos para hacerse con el favor (y el placer que está en sus manos) ‘afectivo-sexual’ del maromito de turno, vendrán adobadas por la anomia moral en que las hemos criado?

Dice Bibiana, con su inteligencia natural e ideológica, que esto es una rémora del pasado. Ay, Bibiana, qué poco sabes del pasado. Esto es una rémora del presente, de tu presente. E irá a más. Mi generación era infinitamente menos machista que estos criaturos, fuertotes y engominados, que han crecido con las muchachas persiguiéndolos, y que han sido educados en la idea de que las cosas son para ya mismo y el placer propio es el único sentido y el único fin.
¿No es eso lo que se les ofrece en los talleres socialistas (y populares, que aquí no se escapa nadie) y en las charlas sobre sexo que, a partir de los diez años, se imparten en todos los centros escolares de España, incluidos los concertados? ¿No será esta idea del placer a toda costa lo que lleva a convertir a los otros en meros objetos para su logro? Y, si son objetos, nos pertenecen. Muchos de estos chicos y chicas crecen con una necesidad absoluta, derivada de su ignorancia ética y su minusvalía moral, de pertenencia. De poseer y pertenecer. Son seres discapacitados para la libertad, crecidos en la irresponsabilidad y el consentimiento, que reaccionan con lo único que tienen a mano (además del miembro y la miembra), la violencia, ante la libertad de los demás, ante las conductas que les dejan sin el capricho erótico que creían suyo.
No olvidemos, en fin, que en el Taller extremeño de marras, para chicos de 14 a 17 años (esos mismos a los que, cuando matan a alguien, no dejamos de denominar niños todos los media y todos los políticos), incluye el acceso a los juguetes eróticos, cosa sin la que a los catorce años no se puede obtener placer, como es bien sabido. Hemos pasado de aquellos curas que nos amenazaban con quedarnos sin líquido en las rodillas, a estos pedacuras sociatas que no ofrecen consuelo sino consoladores. Del Estado-Iglesia, al Estado-gayola. Les ofrezco una idea para la próxima campaña electoral: muñecas para todos. Mola. Nosotros tuvimos que conformarnos con ‘miniárnosla’, que decía un clásico caravaqueño. Nuestras muchachas eran astifinas y daban unas hostias de cuidado. Eso sí que era machismo.
Lo curioso, si nada se sabe de resquicios en el muro y de cómo el socialismo está intentando rellenarlos, es que tal cantidad de medidas ‘emancipatorias’: pastillas del día después sin receta, aborto a los dieciséis sin papás, bolas chinas (de la China roja, claro), charlas, talleres… toda una panoplia de posibilidades para la edad del pavo que antes ni soñábamos, esa educación para el placer y el culto al yo, produzcan luego el escándalo adulto cuando los vemos metiéndose rayas, ingiriendo pastillas y alcohol hasta el desvarío, follando sin misterio, sin emoción, sin ese sentido de la aventura con que nosotros fuimos descubriendo la sexualidad maravillosa y libre de los hombres que sí amaban a las mujeres. Los que crecimos con Garcilaso y Truffaut y su “L’homme qui amait les femmes”. Muchos de estos chicos no han aprendido a amarlas. No han tenido necesidad. Son para usar. Son sus juguetes para jugar a los médicos.