Cobardes, idiotas y algún nazi suelto

Mañana explicaremos al mundo por qué nos estamos hundiendo: porque una nación que no se respeta a sí misma no puede esperar confianza ni respeto de los demás. Durante el festejo de mañana, los neonazis desnatados que allí se darán cita -los ricos frustrados de las Españas que sueñan en su opulencia haber sido lo que nunca fueron, naciones- nos insultarán a todos en nuestro himno -la Casa Real nos importa ya un pito-y en nuestra bandera, nos humillarán y ofenderán y encima se presentarán como víctimas.

Como respuesta, un Gobierno pusilánime mandará a su ministro de Interior a justificar las ofensas, mientras el presidente de uno de los equipos pide ¡respeto! para que puedan injuriarnos libremente, y el otro, conocido separatista, se relame ante la afirmación racial que el mundo contemplará atónito. Dicen que es libertad de expresión ciscarse en nuestros sentimientos, porque los suyos, por supuesto, siempre prevalecen. Pero a una despistada y humilde familia sudamericana que se presentó en el Camp Nou con sus camisetas del Madrid (hay que imaginar lo que les habría ocurrido si hubieran ido con una bandera de España), la amenazaron y la expulsaron del estadio. Ese es desde siempre el respeto de los separatistas.

Pero nada de esto es comparable al espectáculo degradante que tendrá lugar durante la noche, cuando miles -cientos de miles si es el catalanismo el triunfador- de tontainas de toda España saldrán a celebrar que los triunfadores (y los perdedores) les habrán humillado, ofendido y despreciado. Gritarán a favor de los equipos que representan ese nazismo -fundado en la raza o la lengua, y siempre en la frustración histórica- contra ellos, contra los españoles; se emborracharán y serán felices en su ignominia, en su indignidad. Apaleados y contentos.

La bandera de España es hoy la nueva estrella de David. Ese sí que es un fenómeno imposible en cualquier otro sitio del mundo. No hay nación tan acomplejada e ignorante de sí misma como España. Por eso somos un país desdichado, sin más horizonte que esta eterna tiranía a que dejamos que nos sometan quienes han hecho del odio su razón de ser, esta alianza rencorosa entre los que nos detestan y los que les acompañan llamándolo progresismo. Aún peor que la envidia resentida de los separatistas, que se quisieron imperios y se quedaron en agrupaciones de boina, es la estupidez de los que, españoles, los secundan.

Llevaba razón Vallejo. España es un cáliz amargo.

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