Según leo en La Razón, a una inmigrante hondureña con contrato de trabajo, y asentada ya tres años en Gerona, aún España, le ha sido negado el reconocimiento del arraigo por no saber hablar ni escribir en catalán. Afirma entenderlo y leerlo, con lo cual estaríamos ante un caso de bilingüismo pasivo, pero que en la Cataluña en que viví, cuando se iniciaba la tiranía nacionalista, se usaba para todo lo contrario: le llamaban bilingüismo activo y consistía en que cada uno hablara en su lengua materna y entendiera la del otro. En realidad, sólo era una estrategia para justificar el hecho de que un catalanohablante jamás se dirigiera en español a un castellanohablante. Hoy ya ni eso: el único bilingüismo tolerado en la vida oficial es el de la obligatoriedad del catalán (en la calle no, en la calle manda la vida, al menos hasta que el facherío catalanista no decida llevar las cosas más lejos). Y eso que aún siguen siendo formalmente España. Sólo formalmente, claro, porque hace ya mucho tiempo que España y sus gobiernos, cómplices y cobardes, se retiraron de allí. Imaginen lo que pasará cuando se declare la independencia.
Lo anticipaba hace unas fechas un economista catalán, Niño Becerra,
muy conocido por sus predicciones apocalípticas. Decía el tal, en una entrevista en una emisora catalana (lo he recogido de e-notícies, uno de los principales portales nacionalistas, próximo a Convergència), que una Cataluña independiente sería perfectamente viable si se librara de los 600.000 inmigrantes que tiene en paro. No piensen que se inmutaron ni él ni el periodista. Ni que haya habido el menor escándalo por tales afirmaciones en la sociedad catalana. La miseria moral se extiende a mucha más velocidad que la material, sobre todo cuando el racismo puro y duro se camufla bajo apelaciones al agravio: los culpables de los males de Cataluña son los inmigrantes y los españoles, carne similar, nuevos judíos en el imaginario nazilán. Supongo que no sólo los expulsarán hacia España, sobre todo a los hispanoamericanos (hace veinte años que procuran que no lleguen sudamericanos, más que para darle patadas a un balón a mayor gloria del Barça, por su resistencia lingüística; prefieren musulmanes para que aprendan directamente catalán), sino que tomarán medidas para que todo el que no llegue a un determinado nivel de renta sea puesto en la otra orilla del Ebro. Al fin y al cabo, el ideal catalanista es el de una sociedad catalanohablante monolingüe, “rica i plena”, y los pobres son siempre un engorro para las balanzas fiscales.