El Anticapitalismo Antieuropeo

Han venido a destruir Europa para salvarla del capitalismo. Y para salvar a las patrias que, en efecto, deberán desaparecer si alguna vez queremos ser europeos. La impugnación de Europa es una brillante idea que sólo podía salir de caletres como el de Marine Le Pen y Pablo Iglesias Bis, cuyas coincidencias serían sorprendentes si no hiciera setenta años que sabemos que los totalitarismos siempre son el mismo: la aniquilación de la libertad y la ruina de las naciones. Y sin embargo, el único modo de salvar la libertad y la democracia, frente al poder creciente de las corporaciones multinacionales, la especulación financiera, la corrupción con la que los poderes económicos corroen los Estados y las guaridas de ladrones que son los paraísos fiscales es, precisamente, Europa.

La confusión entre Europa y el capitalismo virtual, que tan buen partido saca de las ‘nuevas tecnologías’, es propia de la izquierda irresponsable que sigue creyendo que la riqueza es una cosa que brota de los boletines oficiales. ¿Qué controles podrá ofrecer la España prometeica de Iglesias ante los grandes capitales? ¿Un regreso a la Albania comunista y autárquica de Enver Hoxha con el nuevo comandantín Pablito subido a un caballo con la melena al vent? Y, sobre todo, ¿quién le financiará todo el paraíso que nos ha prometido a este gran admirador de ZP? ¿Mandarán a un ejército que ya no existirá a invadir las Islas Caimán? ¿Cuál será el papel en el mundo de una Francia cerrada sobre sí misma, con su megaEstado y sin crecimiento?

La única esperanza de desarrollo económico y trabajo para todos no puede venir de las tiranías comunistas que ya conocimos en el siglo pasado, y que han sido el mayor horror de la Humanidad. Ni de reavivamientos de la xenofobia y el nacionalismo, que ya nos destruyeron, y que responden al mismo miedo. No queremos enterarnos de que cuatro mil millones de personas luchan cada día por su derecho a vivir siquiera lejanamente como vivimos nosotros. La entrega a los mesías separatistas (internos y externos) y totalitarios no es otra cosa que la reacción contra ese mundo nuevo que ha venido a reemplazar nuestras antiguas seguridades. Estamos en los años treinta y aún no lo sabemos.

La democracia es el peor sistema político, a excepción hecha de todos los demás. Y el único modo de acercarnos a una democracia decente, en la que haya separación de poderes y rendición de cuentas de los administradores públicos, es una Europa unida. Una Europa que supere los nacionalismos, y sea lo suficientemente fuerte para embridar el capitalismo y forzarlo a ser, otra vez, el sistema que premiaba el talento y la ambición individuales, y no el conglomerado que ordena nuestras vidas sin que podamos soñar siquiera con conocer el rostro de sus excesos. Y, por supuesto, una Europa lo más desburocratizada posible y, a la vez, legitimada para controlar a las castas locales y desparasitar los Estados.

Otra cosa es que esa Europa la puedan construir estos pepés y estos pesoes, que han engordado a los monstruos con su corrupción y su impunidad, y cuyos intereses ya no son de este mundo, sino sólo de su propio mundo, ese en el que lo más importante es el puesto que ocupas en las listas. Pero con quien nunca podremos construirla es con Lepenes e Iglesias, bildus, esquerras, aislacionistas ingleses y vikingos asustados.

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