El nacionalismo no es respetable ni legítimo

Una de las ideas más antidemocráticas, y corrosivas para la democracia, es la de que todas las ideas, opiniones y posiciones políticas son respetables. Entre nosotros la tontería ha calado hasta desarmarnos frente al agitprop nacionalista que presenta el referéndum catalán como un impecable ejercicio de democracia, al que sólo se oponen unos autoritarios españolazos. Estoy harto de oír esta estupidez como un constante aguacero en televisiones, tertulias y declaraciones sin que haya absolutamente nadie, por supuesto jamás un periodista, que objete ni siquiera una mueca. Y bastaría con repreguntarles por qué niegan a quienes hasta ahora han sido sus compatriotas, el resto de los españoles, ese derecho que reclaman para sí. ¿O es que nosotros no tenemos derecho a decidir con quién queremos vivir? Una vez roto el pacto constitucional que ellos refrendaron más que nadie, y la mera convocatoria del referéndum ya es la ruptura misma, podrán irse, y desde luego nadie se lo va a impedir, pero lo que ya no pueden es quedarse sin contar con los demás.

Lo que tampoco le he oído a nadie es explicarles que el separatismo es en sí una manifestación de desprecio y desafecto hacia aquellos de los que te quieres separar. Si no los detestaras, no querrías separarte, obviamente. Y que no hay nada más cínico que afirmar que quieres separarte de alguien y, encima, exigirle cariño. No nos queréis, arguyen los nacionalistas, con completa indecencia. Se pasan el día escupiéndonos y llamándonos ladrones, pero reclaman amor, consideración y respeto. Y no, no merecen ningún respeto.

El nacionalismo ha sido el origen de la mayoría de las tragedias criminales de los últimos doscientos años. Formas de nacionalismo fueron el fascismo, el nazismo y el comunismo, que se decía internacionalista, pero que llevaba en sí el germen del imperialismo ruso y su vocación de primacía. Más aún: todos los regímenes comunistas han sido nacionalistas en la medida en que rechazaban mezclarse con los pueblos a los que consideraban corrompidos. Y para librarse de esa contaminación, fueron capaces de esclavizar y asesinar sin reparo a sus propias naciones, como hicieron Mao en China o Pol-Pot en Camboya.

El nacionalismo causó la carnicería de la I Guerra Mundial, los genocidios de los Balcanes o esa brutalidad tribal-nacionalista que fueron los crímenes de Ruanda. El nacionalismo sumió a Irlanda en cincuenta años de retraso y sometimiento integrista a una Iglesia de la que hicieron seña de identidad y, sobre todo, de diferenciación con el inglés opresor y el orangista traidor. Y los nacionalismos han destruido España, que es un muerto al que hace tiempo que estamos velando, aunque aún le hablemos como si siguiera vivo. El nacionalismo es el primero de los fanatismos, porque brota de lo más primitivo, de lo más reaccionario, de la identidad, de la sangre. Por eso encierra siempre alguna forma de racismo, de sentimiento de superioridad (frustrada y resentida) hacia los pueblos a los que considera responsables de su fracaso.

Y así, el nacional-socialismo, esa alianza de lo peor, asesinó a seis millones de personas y provocó otros cincuenta millones de muertos. Porque el nacionalismo es una ideología criminal que parte de la convicción de que todos los seres humanos no somos iguales. El islamismo es su última versión, la idea de que la umma o comunidad de creyentes debe exterminar a quienes no pertenecen a ella. En Escocia, en Cataluña, han vuelto a aparecer, bajo disfraz civilizado, sus peores rasgos: el odio al otro y el egoísmo de quienes no quieren compartir su suerte. Su petróleo, su PIB, su riqueza, su pequeño paraíso de pureza inventada. O su ‘derecho a decidir’, que sólo les pertenece a ellos, el pueblo superior, mientras los esclavos debemos permanecer callados.

Sólo merecen nuestro desprecio. Los listos como Xavi y Guardiola, tan llenos de bilis contra España, y los tontos que los acompañan, esos pobres Marc Gasol y Piqué, y esa penosa pseudoizquierda que aún sigue votando y arrastrándose junto a ellos.

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