Ahora mismo estoy viendo las fotos que un tal J.A.M Montoya publicó hace algunos años, bajo el amparo de la Junta de Extremadura, en dos colecciones pretendidamente artísticas. ¿Qué estoy viendo? Un Cristo transexual, un excremento sobre un cáliz, Cristo en la cruz en estado de erección mientras abajo la Virgen le mira masturbándose, a un santo bebiendo leche del pecho de la Madre de Dios, a un santo manteniendo relaciones sexuales con un perro, etc. ¿Es esto arte? Para los que así lo defiendan, muy bien, es arte. Cada autor es libre de crear lo que le venga en gana y nadie puede limitar su libertad comunicativa. Pero de la misma forma imagino que los que así piensan me permitirán opinar de tales imágenes, ya que por algo yo también tengo derecho a expresarme en libertad. Así, me permitirán decir que esto es un burdo insulto a la sensibilidad de millones de personas. Y me permitirán decir que su autor es tan increíblemente pésimo y nefasto que no puede destacar en el panorama artístico sino buscando la fácil provocación. Nadie debe engañarse. Al tal Montoya no le conocía nadie hasta ayer y hoy todo el mundo habla de él y observa sus composiciones.
Es la táctica de los mediocres que no pueden labrarse un nombre a través del talento y el trabajo. En plena época del triunfo fácil y el éxito rápido, los truhanes optan por la polémica y así llamar la atención de un público que desconocía por completo su existencia. Otro ejemplo lo tenemos en el tal Pepe Rubianes, un actor de medio pelo que de pronto pasó a la primera línea de fuego “tras cagarse en la puta España” y desear que a los españoles nos “explotaran los cojones”. Tras su polémica con las autoridades madrileñas por desechar una de sus obras teatrales, el tal Rubianes fue elevado a la categoría de mártir de la derecha extrema y fue contratado por numerosos municipios, haciendo, literalmente, su agosto económico. ¿Cuál es la solución ante tanto trepa sin mérito alguno? Olvidarse de ellos. No son nadie. No hay mayor desprecio para un provocador que nadie le haga caso.
Lo lamentable de este asunto es que ha contado con el apoyo institucional de la Junta de Extremadura. No entiendo cómo una entidad pública ha podido contribuir con el dinero de sus contribuyentes a amparar una obra que ha podido ofender a miles y miles de los mismos. Si fuera un católico extremeño me preocuparía pensar en qué se gastará la próxima vez mi dinero el gobierno de mi región. Yo creo que a veces los políticos no se dan cuenta de que los contribuyentes pagamos impuestos para que se inviertan en educación, infraestructuras o sanidad y no en insultar a un porcentaje muy grande de la población.
Para los que no entienden que haya personas que se indignen ante el “arte libre”, les pregunto por su opinión sobre unas hipotéticas obras. Imaginemos una en la que se representa una violación a una anciana. Otra en la que apareciera un homosexual en una cárcel y siendo vejado por un guardia civil. Y otra en la que apareciera Otegi siendo ejecutado por un pelotón de fusilamiento conformado por etarras. ¿Qué dirían entonces los colectivos de ancianos, los homosexuales, los guardias civiles o los simpatizantes con la causa etarra? Son tres ejemplos muy retorcidos, ya lo sé. Pero es que no se me ocurre nada que se asemeje al estupor que he sentido ante el disparate provocador del tal Montoya y el apoyo que muchos le dan amparándose en la libertad del arte. Lo que pasa es que en el fondo les hace gracia que alguien alcance tal grado en su provocación anticristiana. El problema puede venir cuando alguien ofenda sus ideas. Entonces, a lo mejor, dejan de ser tan tolerantes.
Para terminar le reconozco un mínimo de inteligencia al tal Montoya, ya que no ha hecho lo mismo con la religión musulmana. Sabe que en ese caso la reacción podría haber sido muy distinta a la de la crítica mediante la palabra que le estamos dirigiendo muchos católicos. Él sabe, mejor que nadie, a quién se puede ofender y a quién no. Él sabe que, a día de hoy, en España, provocar a millones de personas supone un gran beneficio económico y un prestigio intelectual.
