Ayer tuve el enorme privilegio de asistir a una cena-coloquio organizada por la Unión Católica de Informadores y Periodistas de España (UCIP-E), acudiendo como invitada una mujer excepcional, la eurodiputada socialista Rosa Díez. Admito que no soy objetivo en este asunto, ya que junto a María San Gil, Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros, Rosa Díez es la política a la que más admiro de nuestro país. Todos ellos, y muchos más, son personas coherentes y comprometidas al máximo con sus ideales, hasta el punto de haber sacrificado gran parte de su vida. Todos opinamos lo que queremos sobre cualquier tema, pero hay personas que pagan un precio muy alto por ello. Rosa Díez no se separa de su escolta, recibe constantemente amenazas, tiene una familia a la que proteger…y ahora muchos de sus propios compañeros de partido la desprecian por defender aquello que siempre defendió. Cualquier persona abandonaría la lucha o adoptaría el papel de víctima. Ella no. Ella, mujer maravillosa, denuncia con fuerza y claridad la realidad que se vive en una parte de nuestro país. Sin ambigüedades, sin cortapisas, nos cuenta que en su tierra hay mucha gente que es perseguida por sus ideas. Los constitucionalistas que se significan en el País Vasco son insultados, vejados y, llegado el caso, asesinados. ¿Eso es verdadera democracia? Yo, como esta mujer extraordinaria, pienso que no, que sólo es democracia formal.
Lo que más me impresiona de Rosa Díez, mujer increíble, es su coherencia y su valentía. Dice siempre lo mismo, en cualquier contexto y ante quién sea. Anoche, en un foro católico, su primera frase fue: “La jerarquía católica española es cómplice de lo que pasa en el País Vasco”. El impacto produjo un breve y tenso silencio. Posteriormente explicó que se refiere a la tibieza con que el conjunto de los obispos reaccionan ante ciertas ambigüedades y actitudes de un sector del clero vasco. Me duele mucho reconocerlo, pero creo que tiene razón. Es cierto que la Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado muy claramente sobre el terrorismo y la unidad nacional española. Es cierto que los cómplices son minoría. Pero también lo es que hacen mucho daño. A todos nos estremecen las historias de curas vascos que se niegan a oficiar misas por el alma de las víctimas, que firman manifiestos nada críticos con ETA o que ceden los salones parroquiales para reuniones de terroristas. Por no hablar de obispos tan poco cristianos (en pleno sentido de la palabra) como el tétrico Setién. Se me pusieron los pelos de punta cuando esta mujer de raza nos dijo a los presentes, directamente: “No soy practicante, pero debéis de ser vosotros, los católicos, los que denuncieis esto”. Yo no tengo la capacidad de esta vasca inigualable, pero por mi parte me comprometo a tratar de cambiar esta triste realidad, que no es otra sino que la Iglesia tiene un cáncer en ciertos curas alejados del Dios del Amor. Ojalá Cristo les haga ver que Él no sería tan ambiguo entre los verdugos y las víctimas. Esta que hago pretende ser una crítica constructiva. La Iglesia es siempre Santa, aunque en su seno haya gentes nada dignas de representarla.
A lo largo de dos horas de charla sincera, Rosa Díez habló de los más variados temas. Aclaró, por si algún mal pensado lo dudaba, que jamás se pasará al PP. Me entristece que haya quién acuse de traidora a una socialista de verdad (lleva más de 34 años de militancia en su partido), por el simple hecho de defender aquello en lo que siempre creyó y por lo que la eligieron los ciudadanos. Fue reveladora su narración de cómo fue su última entrevista con Zapatero. Fue en mayo de 2004, recién ganadas las elecciones generales. El presidente la llamó a su despacho y le dijo que iría de número dos del partido, tras Borrell, en las elecciones al Parlamento Europeo que se celebraban próximamente. A continuación, le advirtió que sabía que su elección podía molestar a ciertos compañeros del PSE tendentes al entendimiento con los nacionalistas (sin decirlo, se refería a Patxi López y compañía) y críticos con “su” postura. Ella, extrañada, le preguntó: ¿Cómo que por “mi” postura? ¿También es la “tuya”, no? Él, en plena muestra del talante más cínico, le respondió con claridad: “Por supuesto, por supuesto que es “la nuestra”. Hoy, sólo tres años después, todos sabemos cómo ha discurrido esta historia. ¿Quién ha cambiado? ¿Quién ha traicionado a quién?
Repito aquí lo que le dije a esta inigualable mujer al poder saludarla tras la cena: “Gracias por todo lo que has hecho por la democracia de este país”. Todo mi respeto y mi admiración por Rosa Díez. Sé que la Historia la acabará reconociendo como una de las muchas personas que plantó cara a la barbarie totalitaria y defendió hasta el final el derecho a vivir en paz y en libertad en la tierra en la que nació y de la que no se quiso marchar.
