Sólo quedan algo menos de tres semanas para que se celebren las elecciones municipales en nuestro país. ¿Quién ganará en las principales ciudades y comunidades?; ¿qué partido sumará más votos totales en el conjunto de España?; ¿pagarán los partidos en las urnas su permisividad con ciertos políticos corruptos?. Estas son algunas de las incógnitas que rodean el proceso electoral. Preguntas por las que aún habremos de esperar unos días para conocer su respuesta. Sin embargo, ya hay una certeza respecto a estas elecciones: Que serán muy diferentes, para mal, a las celebradas este mes en Francia.
Los que me conocen saben que mi simpatía por el país vecino no es excesiva. Sin embargo, hay que reconocer que el desarrollo del proceso electoral que ha concluido con el triunfo de Sarkozy sólo nos puede dar envidia. Ha habido numerosos (y profundos) debates televisivos entre los aspirantes a la presidencia, las encuestas se han mostrado fiables… y el pueblo galo se ha echado a la calle para elegir a su presidente. Que casi el 85% del censo haya votado es algo increíble. Esas cifras jamás las rozamos en España. Aquí, el panorama es muy diferente del que se ha visto en el país transpirenaico. En nuestra España no es nada raro que un candidato se niegue a debatir en televisión (ése fue uno de los mayores errores de Rajoy en la campaña de 2004), y los debates que se hacen… tampoco brillan por su excelencia. Respecto a las encuestas, mejor ni hablar. Son simples métodos de propaganda y manipulación, tanto las institucionales como las de los medios (condicionados por su adscripción ideológica).
¿Cuál es la causa de esta diferencia entre unas elecciones y otras? Sencillamente, que los franceses tienen un sentido de la democracia mucho más asentado que el nuestro. ¡Por no hablar de Gran Bretaña! Un país cuya democracia lleva arraigada cientos de años no puede compararse con ninguna otra en Europa. En el caso de España, es algo normal. Históricamente, a excepción de anteriores intentos fallidos (como el de la II República, 1931-1936/39), el actual periodo (1978-…) es el único en el que hemos gozado de una democracia plena y asentada. Aquí, aún seguimos condicionando (mediática y políticamente) la independencia del poder judicial, aún achacamos al principal partido de la oposición una presunta filiación fascista, aún continuamos pegándonos por el agua de nuestros ríos y mares… y aún seguimos preguntándonos si somos una nación o una nación de naciones.
¡Qué envidia de Francia! Un país que vota en masa, reflexionadamente, evaluando los pros y los contras de cada candidato. Un país que no mira al pasado, sino al presente. Un país que quiere seguir sintiéndose orgulloso de sí mismo, esencialmente, porque sabe lo que es.
