Joaquín Sabina ha sido y es el gran maestro de la poesía española en el paso del siglo XX al XXI. Nadie como él para transmitir sensaciones, para sumergirte en los mundos más irreales y surrealistas. Y todo ello rodeado con la belleza de una música nostálgica, que te abraza hasta llevarte a la melancolía de un mundo perdido, fantasioso, aquél que sólo has conocido a través de su voz rota y desgarrada. Sólo desde de su guitarra puedes viajar hasta un bar de tinieblas a las cuatro de la madrugada, en el que te cuentan su triste historia los personajes más increíbles que te puedas imaginar. Sólo con él puedes encontrar la esencia del submundo, de lo golfo, de lo zafio… y sentir afecto por ello.
Sabina te cuenta la historia (que siempre es su historia) de un drogadicto, de un putero, de un alcohólico, de un idealista derrotado, de un caradura, de un mujeriego sin fin y sin contemplaciones, de un lobo solitario… y le quieres. Te identificas con él, aunque estés en sus antípodas ideológicas, en todos los sentidos. Sabina es republicano, muy de izquierdas, ateo irredento y del Atleti. En definitiva, no tengo absolutamente nada que ver con él. Pero le admiro.
Si de Neruda se decía que era el poeta del pueblo, Sabina es el poeta que da la voz a los perdedores. A los que aman a su mujer, pero no pueden evitar andar con otras; a los que permanecen anclados en el pozo del alcohol y la droga; a los que ya no creen en la vida; a los que el amor trata de forma inmisericorde; a los que rezan a la nada más absoluta; a los que han perdido los ideales de su juventud. A todos estos es a quienes canta el poeta de la melancolía, mientras se canta a sí mismo.
Joaquín Sabina es un sinvergüenza, un canalla, un truhán, un crápula, un ángel caído… pero, ante todo, es un genio inigualable y un artista sin paliativos.
