Lo digo bien a las claras: ¡Qué pena me da la gente que no le gusta el fútbol! Y además, aunque cada cual lo puede extrapolar al amor a sus colores, ¡Qué pena me dan los que no son madridistas! No saben lo que ha sido disfrutar de tres días mágicos, irrepetibles, maravillosos. El primero de ellos fue el jueves pasado. Sé que no está bien alegrarse del mal ajeno, pero yo me declaro anticulé hasta las trancas (aclaro que nunca más que madridista). De ahí que cuando esa noche me enteré de que el Getafe había ganado 4-0 al Barça en la vuelta de la Copa, no pudiera evitar que de mi boca saliera una expresión poco caritativa. Aún así, yo creo que fuimos millones de personas los que nos alegramos de que el campeón de Europa, que había vencido 5-2 en la ida, perdiera el pase a la final ante un equipo humilde, pero que tuvo el coraje de creer que podía remontar tres goles cuando nadie lo pensaba. Fue la victoria de la fe frente a la prepotencia. Rijkaard, entrenador culé, vino a decir en la víspera que Messi, autor de un gol maradoniano en la ida, no jugaría “para no hacer sangre” en el rival. Es decir, que prescindía de uno de sus mejores jugadores para no humillar más al “Geta”. Al final del partido, con la sangre aún caliente por la venganza cumplida, todo Getafe tuvo el placer de cantar: “¡dónde está Messi, ahora dónde está Messi!”.
El segundo día de gloria fue el sábado, con la victoria mítica del Real Madrid, 4-3 frente al Espanyol. La Liga estaba en juego. El Real Madrid, a falta de cinco jornadas para su conclusión, estaba dos puntos por debajo del líder, el Barça. Necesitaba ganar y que el máximo rival no lo hiciera. Al descanso del partido, nubes negras en el Bernabéu. Perdíamos 1-3 y La liga parecía perdida. Pero estamos hablando del Real Madrid, un equipo que a forjado sus 105 años de Historia a base de épica, coraje, orgullo y fe en sí mismo. Este era otro día para aumentar la leyenda. La afición creía en el milagro y los jugadores demostraron que también. Salida fulgurante en la reanudación y a los diez minutos ya habíamos empatado, con goles de Raúl y Reyes. Pero aún quedaba un paso más: la victoria. Y ésta llegó en el último minuto del partido, con un golazo de Higuaín que aunó calidad y garra a partes iguales. El Bernabéu estalló. Como en los tiempos de Juanito, Santillana, Camacho y compañía, había visto otra remontada nacida del corazón blanco.
Con el Madrid como líder provisional, ya el domingo, sólo faltaba que el Barcelona no ganara al Betis en su campo. Parecía una misión imposible, ya que el Betis está luchando por no bajar a Segunda. Aún así, ilusión y esperanza… que se quebrantaron nada más empezar el partido con un gol de Ronaldinho, de penalti. Parcecía que otra vez se escapaba el liderato, la posibilidad de depender de nosotros mismos en el tramo final de la Liga. Pero no, ahí estaba el gran Sobis, que con un gol en el último minuto (¡sí, como el día anterior, otra vez en el último minuto!), empató el partido y, de paso, nos hizo estar a cuatro partidos de ganar nuestra Liga número 30.
No sé que pasará en estas cuatro batallas que quedan, pero hay algo aún más importante que todo eso. Tras cuatro años de ostracismo, de tener un equipo sin alma, de ver cómo el eterno rival ganaba Ligas y una Copa de Europa… el madridismo ha recuperado la fe. Por fin tenemos unos jugadores orgullosos de vestir la camiseta blanca y que, además, forman una piña dentro y fuera del campo. La imagen de los jugadores, Casillas incluido, celebrando con ansia cada gol, dice mucho del ambiente que se respira en el vestuario. Es un equipo con hambre de ganar. No sé si ganaremos o no la Liga, pero ha vuelto el Real Madrid de siempre. Aquél que nunca se debió ir.
